»Aunque el estilo de la tragedia no sea ya tan pomposo como lo era en otro tiempo, es necesario no obstante que sea adecuado a la dignidad de los pensamientos. Emplead las gracias de la elocución para encubrir las inverosimilitudes que os veréis en la precisión de admitir; pero si tenéis ideas que explicar o caracteres que juntar, guardaos de oscurecerlos con vanos adornos. Evitad las expresiones ruines, y no olvidéis que a cada especie de drama le conviene un tono particular y unos colores distintos».
Cuanto Teodectes acababa de decirme sobre el estilo conveniente a la tragedia dio motivo a varias observaciones de Nicéforo, y más todavía acerca de las expresiones familiares, y algunas veces de un cómico bajo usadas por grandes poetas, tales como Esquilo, Sófocles y Eurípides. Polo confesó que más de una vez había creído representar la comedia bajo la máscara de la tragedia.
«Habláis», dijo Teodectes, «de los retruécanos, los chistes insulsos y las imágenes indecentes que se encuentran en algunas piezas de estos autores. Estos mismos defectos divierten a la multitud, y es una servidumbre de la que no han podido librarse nuestros mejores autores, aunque se lamentaban de ella; por tanto, es fácil excusar a los otros. Acercándose a los siglos heroicos, se han visto obligados a pintar costumbres diferentes de las nuestras, y queriendo acercarse a la naturaleza, debían pasar de lo sencillo a lo familiar, cuyos límites no están bastante demarcados. Nosotros, con menos ingenio, corremos aún mayores riesgos porque el arte se ha hecho más difícil. Por una parte el público, saciado de las bellezas que por tanto tiempo le presentan a la vista, exige locamente que un autor reúna los talentos de todos cuantos le han precedido; de otra, los actores se quejan a cada instante de que sus papeles no tienen bastante lucimiento, y de este modo nos vemos en la precisión, ya de ampliar o violentar el argumento, ya de destruir su trabazón, y aun muchas veces su negligencia o poca habilidad bastan para desacreditar una pieza. Polo me perdonará esta censura, pues aventurarla en su presencia es elogiarle».
En la cuarta conferencia se ventilaron algunos puntos que hasta entonces no se habían tratado. Acalorose la conversación, particularmente cuando se trató de la antigua comedia, y se dividieron las opiniones acerca de Aristófanes. Manifestándose Nicéforo admirador de este poeta, no puede prescindir de exclamar: «¡Oh, qué reformador es ese Aristófanes, siendo el que tenía más ingenio y talentos, el que conoció mejor la gracia, y el que más se entregó a una feroz alegría!
»Dicen que solo componía sus obras cuando estaba embriagado, pero más bien se diría que era cuando estaba poseído del odio y de la venganza. Cuando sus enemigos están exentos de infamia, los ataca en la cuna, echándoles en cara su pobreza y sus defectos personales. ¡Oh, cuántas veces motejó a Eurípides porque era hijo de una verdulera! Había nacido para complacer a los hombres de bien, y la mayor parte de sus piezas dramáticas parece que estaban dedicadas a gentes perversas y viciosas. Los hombres más sabios e ilustrados de la nación estaban tan distantes de mirar la comedia antigua como la escuela de las costumbres que Sócrates no asistía a la representación de las piezas y la ley prohibía a los areopagitas el componerlas».
Al llegar aquí, dijo Teodectes: «¡Terminose la causa!», y levantose inmediatamente, pero, habiéndole detenido, continuó la conferencia. «Yo conozco», dijo Zópiro a Nicéforo con tono muy animado, «conozco a vuestros célebres escritores. Acabo de repasar todas las piezas de Aristófanes, menos la de Las aves, cuyo asunto me irritó desde las primeras escenas; y sostengo que no merece la reputación que tiene, y me desentiendo de aquella sal acre y picante, y de aquellas negras vilezas con que ha llenado sus escritos. ¡Oh, cuántos pensamientos absurdos, cuántos juegos de palabras insípidas, y cuánta desigualdad de estilo!».
«Y yo añado», dijo Teodectes, interrumpiéndole, «¡qué elegancia, qué pureza en la dicción, qué finura en los chistes, qué variedad y expresión en el diálogo, y que poesía en los coros! Soy joven, y es menester que no os manifestéis descontentadizo a fin de parecer ilustrado: tened presente que el fijar la atención en los extravíos del ingenio suele ser indicio de un corazón viciado o de pocos conocimientos. De que un gran hombre no lo admire todo, no se debe inferir que sea un gran hombre el que nada admira. Estos autores, cuyas fuerzas calculáis antes de haber dado pruebas de las vuestras, están plagados de defectos y de bellezas; pero estas irregularidades son propias de la naturaleza, que a pesar de las imperfecciones que en ella descubre nuestra ignorancia, no parece menos grande a los hombres reflexivos.
»Aristófanes conoció aquella especie de chiste que entonces era del gusto de los atenienses y que debe serlo en todos los siglos. Sus escritos encierran de tal modo la semilla de la buena comedia y los modelos del verdadero cómico, que solo se podrá aventajarle, penetrándose de sus bellezas».
CAPÍTULO LXX.
Extracto de un viaje a las costas de Asia y algunas de las islas inmediatas.