»Conformémonos con las leyes de la razón y las reglas de la verosimilitud, y sea vuestra fábula constituida de modo que se presente, se enrede y desenlace por sí misma; que no venga un agente celestial a instruirnos, en un frío prólogo, de lo que ha sucedido antes y de lo que debe suceder después; que la intriga o enredo forme obstáculos que han precedido a la acción, y por los que la acción produzca, se enrede más y más desde las primeras escenas hasta el momento en que empiece la catástrofe; que los episodios no sean largos ni muchos; que los incidentes nazcan rápidamente unos de otros y traigan acontecimientos imprevistos; en una palabra, que las diferentes partes de la acción se hallen entre sí tan trabadas que, quitando o mudando una siquiera, el todo se destruya o mude. No imitéis a aquellos autores que ignoran el arte de acabar ingeniosamente una intriga felizmente bien urdida, y que después de haberse metido imprudentemente en medio de los escollos, no imaginan otro recurso para salir de ellos que implorar el auxilio del cielo.

»Acabo de indicaros los diversos modos de tratar la fábula, a lo cual podéis juntar las diferencias sin número que os ofrecerán las ideas y sobre todo la música. Así pues, no podréis quejaros ya de la esterilidad de nuestros asuntos, y no olvidéis que inventarlos es lo mismo que presentarlos bajo una nueva forma».

En la tercera sesión se trató de las costumbres, de las ideas, de los sentimientos y del estilo que convienen a la tragedia.

«En las obras de imitación», dijo Teodectes, «y sobre todo en la epopeya y en el drama, lo que se llama costumbres es la exacta conformidad de las acciones, de los sentimientos, de las ideas y los discursos del personaje con su carácter. Es necesario, pues, que desde las primeras escenas se conozca por lo que se hace y lo que se dice cuáles son sus inclinaciones actuales y cuáles también sus proyectos ulteriores.

»Las costumbres caracterizan al que obra, y por lo mismo deben ser buenas. Lejos de recargar los defectos, debéis disminuirlos.

»La poesía, así como la pintura, favorece al retrato sin faltar a la semejanza. No manchéis el carácter de un personaje, aunque sea subalterno, sino cuando os veáis en la precisión de hacerlo.

»Es menester también que las costumbres sean convenientes, parecidas e iguales, propias de la edad y de la dignidad del personaje, que no se opongan a la idea que nos dan de un héroe las tradiciones antiguas, y que no se contradigan en el discurso de la pieza.

»Si queréis darle realce y brillo, haced que tengan un contraste entre sí. Notad como en Eurípides se hace interesante el carácter de Polinices por el de Etéocles su hermano, y en Sófocles el carácter de Electra por el de Crisótemis su hermana.

»Nosotros debemos, como los oradores, excitar en nuestros jueces la compasión, el terror y la indignación; probar como ellos una verdad, refutar una objeción y aumentar o disminuir un objeto. En los tratados de retórica encontraréis los preceptos, así como los ejemplos en las tragedias que son el ornamento del teatro. Aquí es donde brillan la belleza de los pensamientos y la elevación de los sentimientos; aquí donde triunfan el lenguaje de la verdad y la elocuencia de los desgraciados. Ved a Mérope, Hécuba, Electra, Antígona, Áyax, Filoctetes, rodeados ya de los horrores de la muerte, ya de los de la vergüenza y la desesperación; escuchad aquellos acentos de dolor, aquellas exclamaciones que despedazan el corazón, aquellas expresiones apasionadas que, desde el uno al otro extremo del teatro, hacen resonar los gritos de la naturaleza en todos los corazones y fuerzan a los ojos a llenarse de lágrimas. ¿De dónde vienen pues estos efectos admirables? Proceden de que nuestros autores poseen en sumo grado el arte de poner sus personajes en situaciones las más tiernas, entregándose enteramente al sentimiento único y profundo que exigen las circunstancias.

»No dejéis de estudiar continuamente nuestros grandes modelos: penetraos de sus bellezas, pero aprended sobre todo a juzgarlas, sin que una servil admiración os empeñe a respetar sus errores. Las sentencias claras, precisas y naturales son muy del gusto de los atenienses, pero es menester escogerlas con tino, porque miran con horror las máximas subversivas de la moral.