»Semejantes crímenes se debían castigar, a no ser que el culpable reparase el insulto y fuese al pie de los altares a sujetarse a las ceremonias destinadas para justificarle.
»Los sacerdotes no le perdían de vista, y si la fortuna le era propicia, colmándole de beneficios, decían que los dioses le hacían aquellos favores para hacerle caer en el lazo; mas si experimentaba alguna de aquellas adversidades anexas a la condición humana, exclamaban diciendo que la ira celeste debía descargar sobre su cabeza, y que cuando se sustraía al castigo durante su vida, entonces decían que el rayo estaba suspenso, pero que sus hijos y sus nietos sufrirían el peso y la pena de su iniquidad. Acostumbráronse, pues, a ver la venganza de los dioses, persiguiendo al culpable hasta su última generación; venganza mirada como justicia con respecto al que la mereció, y como nada en cuanto a los que habían recibido tan funesta herencia. Con esta solución creyeron aplicar aquel encadenamiento de maldades y de desastres que destruyeron a las familias más antiguas de la Grecia.
»¡Felices, no obstante, las naciones cuando la venganza celeste solo se extiende a la posteridad del culpable! ¡Oh, cuántas veces se la ha visto descargar sobre un reino entero! ¡Cuántas también los enemigos de un pueblo lo han llegado a ser de sus dioses, aunque jamás los habían ofendido!
»A esta idea injuriosa para la divinidad, sustituyeron después otra que no lo era menos. Algunos sabios, atemorizados por las vicisitudes que trastornan las cosas humanas, supusieron un poder que se burla de nuestros proyectos, y nos aguarda en el momento de la felicidad para inmolarnos a su cruel envidia.
»De estos monstruosos sistemas», añadió Teodectes, «resulta que un hombre puede ser impelido al crimen o a la desgracia por solo el impulso de una divinidad a quien su familia, su nación o su prosperidad es odiosa. Sin embargo, como la dureza de esta doctrina se hacía sentir mejor en una tragedia que en otros escritos, nuestros primeros autores no la anunciaron con frecuencia sino con ciertos correctivos, y de este modo se acercaron a la regla que acabo de establecer.
»El dogma de la fatalidad, o el hado, no domina en parte alguna con tanto imperio como en las tragedias de Orestes y de Electra; pero por más que se trate de referir el oráculo que les manda vengar a su padre; de llenarlos de terror antes del crimen y de remordimientos después de haberlo cometido; de tranquilizarles con la aparición de una divinidad que los disculpa y les promete una suerte más feliz: estos asuntos no dejan de ser contrarios al objeto de la tragedia. Los aplauden, no obstante, porque no hay cosa más propia para conmover que el peligro de Orestes, las desgracias de Electra y el reconocimiento de los dos hermanos; y porque todo se hermosea con la pluma de Esquilo, de Sófocles y de Eurípides. Hoy que la sana filosofía nos prohíbe atribuir a la divinidad el menor movimiento de envidia o de injusticia, dudo de que semejantes fábulas, tratadas por la primera vez con la misma superioridad, lleguen a reunir la aceptación general. A lo menos sostengo que se vería con disgusto al principal personaje mancillarse con un crimen atroz.
»Cada asunto ofrece variedades sin número», continuó Teodectes, después de haberle interrumpido muchas veces acerca de lo que acababa de decir, «variedad en las fábulas que son simples o intrincadas; variedad en los incidentes que incitan el terror o la compasión; variedad en los reconocimientos que son uno de los principales recursos de lo patético, particularmente cuando hacen una revolución repentina en el estado de las personas. Los hay de muchas especies, unos sin arte, que comúnmente han llegado a ser el recurso de los poetas medianos y están fundados en signos accidentales o naturales, por ejemplo, brazaletes, collares, cicatrices o señales impresas en el cuerpo; otros muestran invención, y los más bellos nacen de la acción.
»Variedad en los caracteres. El de los personajes que aparecen con frecuencia en el escenario es decidido entre nosotros, pero solo en su generalidad. Aquiles es impetuoso y violento, Odiseo prudente y disimulado, Medea implacable y cruel. Pero todas estas cualidades se pueden graduar de tal manera que de un solo carácter resulten muchos que solamente sean parecidos en lo principal: tales son el de Electra y el de Filoctetes en Esquilo, Sófocles y Eurípides. Es permitido exagerar los defectos de Aquiles, pero es mejor debilitarlos con el esplendor de sus virtudes, como ha hecho Homero. Siguiendo este modelo, Agatón dio un Aquiles que no se había visto aún en el teatro.
»Variedad en las catástrofes. Las unas acaban en la felicidad, y las otras en la desventura; las hay en que por una doble mudanza, los buenos y los malos experimentan un cambio de fortuna. La primera variedad conviene únicamente a la comedia».
«¿Y qué decís», preguntó Zópiro, «de las apariciones de los dioses? ¡Oh, cuán favorables al espectáculo!». «¡Cuán cómodas al poeta!», añadió Nicéforo. «No las tolero», respondió Teodectes, «sino cuando es necesario sacar de lo pasado a lo venidero las luces que no se pueden adquirir por otras vías; no mediando este motivo, el prodigio honra más al maquinista que al autor.