Después de algunas otras observaciones sobre la verosimilitud, nos separamos.

Al día siguiente, cuando todos llegaron, dijo Zópiro a Teodectes: «Ayer nos hicisteis ver que la ilusión teatral debe estar fundada en la unidad de acción y en la verosimilitud. ¿Qué otra cosa, pues, se necesita?».

«Lograr el fin de la tragedia», respondió Teodectes, «el cual se reduce a excitar el terror o la compasión, y esto se consigue: 1.º por el espectáculo, cuando se nos presenta Edipo con una máscara ensangrentada, Telefo andrajoso y las Euménides con atributos horrorosos; 2.º por la acción, cuando el objeto y la manera de ligar los incidentes bastan para conmover fuertemente a los espectadores. En el segundo de estos medios brilla particularmente el genio del poeta. No se crea que es necesario excitar en el espectador sensaciones penosísimas y muy dolorosas. Todavía hay memoria de Amasis, aquel rey de Egipto que habiendo llegado al colmo de la desgracia, no pudo verter una lágrima viendo a su hijo caminar al suplicio, y prorrumpió en llanto cuando vio a uno de sus amigos cargado de cadenas alargar la mano a los que pasaban. Este último cuadro enterneció su corazón, mientras que el primero le había endurecido. Alejad de mí esos excesos de terror, esos golpes fulminantes que ahogan la compasión; evitad ensangrentar la escena, y no permitáis que venga Medea al teatro a degollar a sus hijos, Edipo a sacarse los ojos, y Áyax a traspasarse con la espada. Esta es una de las reglas principales de la tragedia.

»Observad», continuó Teodectes, «observad como una acción que pasa entre dos personas enemigas o indiferentes no hace más que una impresión pasajera, siendo así que uno experimenta fuertes sensaciones cuando se ve que alguno va a perecer a manos de un hermano, de un hijo o de aquellos mismos que le dieron el ser. Haced pues, si es posible, que vuestro héroe lidie con la naturaleza, pero no escojáis a un malvado que pase de la desdicha a la felicidad, o de esta a la desdicha, pues no excitará ni terror ni compasión. No escojáis tampoco un hombre que dotado de una virtud sublime caiga en la desgracia sin merecerla.

»Diréis quizás que os hablo un lenguaje nuevo, y a esto os añado que es el de los filósofos, que en estos últimos tiempos han reflexionado acerca de la especie de placer que debe procurar la tragedia.

»¿Cuál es pues la pintura que la tragedia debe presentar en la escena? La de un hombre de bien que pueda en cierto modo culparse de su desgracia. ¿Acaso no habéis observado que las desgracias de los particulares, y hasta las revoluciones de los imperios, no dependen muchas veces sino de la primera falta, lejana o próxima, cuyas consecuencias son tanto más terribles cuanto eran menos previstas? Aplicad esta observación y hallaréis en Tiestes la venganza llevada al extremo; en Edipo y en Agamenón, falsas ideas sobre el honor y la ambición; en Áyax, un orgullo tan desmedido que desdeña el auxilio del cielo; en Hipólito, la injuria hecha a una divinidad celosa; en Yocasta, el olvido de los más sagrados deberes; en Príamo y en Hécuba, demasiada condescendencia con el raptor de Helena; y en Antígona, los sentimientos de la naturaleza preferidos a las leyes establecidas».

«Según eso», dijo Polo, «¿desaprobáis aquellas piezas en que el hombre se hizo infeliz y culpable a pesar suyo? Sin embargo siempre han sido aplaudidas, y siempre se verterá llanto por la suerte deplorable de Fedra, de Orestes y de Electra».

Esta observación dio a todos motivo de una disputa acalorada. Unos sostenían que adoptar el principio de Teodectes era condenar el antiguo teatro, cuyo único móvil es el de los decretos ciegos del destino: otros observaban que, en la mayor parte de las tragedias de Sófocles y de Eurípides, tales decretos, aunque mencionados de cuando en cuando en el discurso, no influían ni en las desgracias del primer personaje, ni en la marcha de la acción.

Con este motivo se habló de aquel hado irresistible, tanto para los dioses como para los hombres. Este dogma, decía uno, parece más peligroso de lo que es efectivamente; y así es que, si observáis a sus partidarios, veréis que discurren como si nada pudiesen y obran como si lo pudiesen todo. Otros, después de haber demostrado que únicamente sirve para disculpar los crímenes y desalentar a la virtud, preguntaron como había podido establecerse.

«Hubo un tiempo», respondió uno, «en que no pudiéndose contener a los opresores de los débiles con el freno del remordimiento, se imaginó refrenarlos con el temor de la religión, y entonces se miró como una impiedad no solamente el ser negligente en cuanto al culto de los dioses o despreciar su poder, sino también el despojar sus templos, robar los rebaños consagrados a ellos o insultar a sus ministros.