Había yo conocido en casa de Apolodoro a uno de sus sobrinos llamado Zópiro, mozo de talento, y ardiente del deseo de dedicar su ingenio al teatro; vino a verme un día y encontró en mi casa a Nicéforo, poeta que después de algunos ensayos en el género cómico se creía en disposición de preferir el arte de Aristófanes al de Esquilo.

Zópiro me habló de su pasión con nuevo ardor. «No es extraño», me decía, «que no se hayan recopilado aún las leyes de la tragedia, pues aunque tenemos grandes modelos, no por esto dejan de tener grandes defectos.

»En otro tiempo el ingenio tomaba vuelo sin detenerse en nada, pero hoy se trata de sujetarle a leyes, sin que nadie nos instruya de ellas». Estando en esto, vimos entrar a Teodectes, autor de muchas tragedias excelentes, Polo, uno de los más hábiles actores de la Grecia, y otros amigos nuestros que juntaban un gusto delicado a unos conocimientos profundos. Tomando inmediatamente a Zópiro de la mano, le dije a Teodectes: «Permitidme que os confíe a este hombre, pues quiere entrar en el templo de la gloria y le dirijo a los que saben el camino». Teodectes manifestó que se tomaba interés, y prometió sus consejos para en caso necesario. «Estamos con mucha prisa», añadí yo, «y es el caso que ahora mismo necesitamos un código de preceptos». «¿Y donde los hallamos?», respondió, «teniendo talentos y modelos, se entrega uno a veces a la práctica de un arte, pero como la teoría debe considerarse en su esencia y elevarse hasta la belleza ideal, es preciso que la filosofía ilumine el gusto y dirija la experiencia. Bien quisiera responder a lo que esperáis de mí, pero bajo condición de que siempre me he de excusar con la autoridad de Aristóteles, que vos mismo me iluminéis con vuestras luces, y que únicamente se ventilarán los puntos más esenciales». A pesar de esta última condición, nos vimos precisados a reunirnos muchos días seguidos. Voy a manifestar el resultado de nuestras conferencias del modo más breve y más claro que me sea posible.

En la primera, a petición de Zópiro, señaló Teodectes por asunto de la tragedia el interés que excita el terror y la compasión. «Para producir este efecto», añadió, «os presento una acción grave, entera y de cierta extensión. Dejando a la comedia los vicios y las extravagancias de los particulares, la tragedia no pinta más que grandes infortunios, que va a tomarlos en la clase de los reyes y los héroes. Nuestros primeros autores se ejercitaban comúnmente sobre los personajes célebres de los tiempos heroicos, y nosotros hemos conservado este uso porque los republicanos contemplan siempre con una risa maligna el rodar los tronos por el suelo, y la caída de un soberano que arrastra la de un imperio. Las desgracias de los particulares no podrán prestar lo maravilloso que requiere la tragedia.

»La acción debe ser entera y perfecta, es decir, que debe tener un principio, un medio y un fin. Esta regla se conocerá por un ejemplo: en la Ilíada la acción empieza por la disputa de Agamenón y de Aquiles, se perpetúa por los males sin cuento que causa la retirada del segundo, y concluye cuando cede a las lágrimas de Príamo. En efecto, cuando acaba esta escena afectuosa, nada tiene el lector que desear.

»No penséis, como algunos autores, que la unidad de la acción no es otra cosa que la unidad del héroe, ni vayáis como ellos a abrazar en un poema todos los pormenores de la vida de Teseo o de Hércules, porque es debilitar o destruir el interés el prolongarle con exceso o esparcirle en un gran número de puntos. Admirad la sabiduría de Homero, que únicamente ha escogido para la Ilíada un episodio de la guerra de Troya.

»Sería de desear que la acción no durase más que la representación de la pieza, pero tratad a lo menos de reducirla al espacio de tiempo que transcurre desde que sale el sol hasta que se pone. Insisto sobre la acción porque es, digámoslo así, el alma de la tragedia, y el interés teatral depende particularmente de la fábula o de la constitución del argumento».

«Los hechos confirman este principio», interrumpió Polo. «Yo he visto que han tenido aceptación algunas piezas cuyo mérito se reducía a una fábula bien dispuesta y seguida hábilmente, y he visto también otras costumbres, ideas y estilo que parecía aseguraban el mejor éxito, y sin embargo fueron despreciadas porque estaban mal dispuestas, que es el defecto en que incurren todos los principiantes».

«Empezad pues», replicó Teodectes, «bosquejando vuestro argumento, y luego le enriqueceréis con los adornos de que es susceptible. Al disponerle, acordaos de la diferencia que media entre el historiador y el poeta. El uno cuenta las cosas como han sucedido, y el otro como han podido o debido acontecer. Si la historia no os ofrece más que un hecho desnudo de circunstancias, os será lícito hermosearlo con la ficción, y juntar a la acción principal acciones particulares que la harán más interesante; pero no os olvidéis de conservar la verosimilitud al exponer los hechos y las circunstancias».

Al decir esto se hizo general la conversación, versando sobre los diferentes géneros de verosimilitud; se atendió a que hay una para el pueblo, y otra para las personas ilustradas; y se convino en atenerse a las que requiere un espectáculo en que domina la multitud.