Los actores tienen trajes y atributos adecuados a sus papeles. Los reyes ciñen su frente con una diadema, se apoyan en un cetro coronado de un águila, y visten ropas talares en que brilla a la vez el oro, la púrpura y toda clase de colores. Los héroes se presentan comúnmente cubiertos con una piel de león o de tigre, con espada ceñida, armados de lanza, carcaj y maza: los que se hallan en infortunio con vestidura negra, oscura o cenicienta y algunas veces desgarrada: la edad y el sexo, el estado y la situación actual de un personaje se dan a entender casi siempre por la forma y el color de su vestidura. Pero aún se indican mejor por una especie de casco que les cubre enteramente la cabeza, y que sustituyendo una fisonomía distinta de la del actor, causa ilusiones sucesivas mientras dura la pieza. Hablo de aquellas máscaras que se diversifican de muchos modos, ya en la tragedia, ya en la comedia y la sátira. Unas están guarnecidas de cabellos de diferentes colores, los otros de una barba más o menos larga, más o menos espesa, y otras reúnen cuanto es posible los atractivos de la juventud y de la belleza. Las hay que tienen una boca enorme forrada interiormente de láminas de cobre o de cualquier otro cuerpo sonoro, a fin de que la voz adquiera así bastante fuerza y tono para que se oiga en el vasto recinto donde están sentados los espectadores; hay algunas, en fin, sobre las que se eleva un tupé que acaba en punta y que recuerda el antiguo peinado de los atenienses. Se sabe que cuando se hicieron los primeros ensayos del arte dramático, había la costumbre de juntar y atarse los cabellos por encima de la cabeza.
Hubo un tiempo en que la comedia ofrecía a los espectadores el retrato de aquellos a quienes atacaba abiertamente; pero hoy día, más decente, solo se ciñe a presentar semejanzas generales y relativas a los vicios y ridiculeces que persigue, aunque bastan para que se conozca al instante al amo, al criado, al parásito, al viejo indulgente o severo, al joven arreglado o desordenado en sus costumbres, la soltera adornada con sus atractivos, y la matrona distinguida por su comportamiento y sus canas.
Es verdad que no se ve la graduación de las pasiones sucederse en el rostro del actor, pero la mayoría de los espectadores está tan distante de la escena que de modo alguno podrían captar un lenguaje tan elocuente. Aún hay otros inconvenientes mayores: la máscara quita a la voz parte de aquellas inflexiones que le dan tantos encantos en la conversación, sus tránsitos son algunas veces repentinos, sus entonamientos duros y, digámoslo así, escabrosos. La risa se altera, y si no se maneja con arte, su gracia y su efecto se desvanecen a un tiempo. En fin, ¿quién podrá sufrir el aspecto de aquella boca disforme, siempre inmóvil y boquiabierta, aun cuando el actor está en silencio? Sin embargo, como se permite mudar de máscara en cada escena, y pueden imprimirse en ellas los síntomas de los principales afectos del alma, pueden conservar y justificar el error de los sentidos, y añadir a la imitación un nuevo grado de verosimilitud.
Bajo este mismo principio, se da muchas veces a los actores en la tragedia una estatura de cuatro codos (seis pies, siete pulgadas), conforme a la de Heracles y de los primeros héroes. A este fin usan de coturnos, especie de calzado a veces de cuatro o cinco pulgadas de alto, alargan sus brazos con guantes y agrandan artificialmente el pecho, los costados y todas las demás partes del cuerpo a proporción; y cuando, con arreglo a las leyes de la tragedia que requiere una declamación fuerte y a veces vehemente, la persona o figura disfrazada con magnífico ropaje despide una voz sonora que se oye a lo lejos, hay pocos espectadores que no se conmuevan al ver aquella majestad imponente, y que no se hallen dispuestos a experimentar las sensaciones que se intenta comunicarles.
Antes de que empiece la representación, se purifica el lugar, y cuando se ha acabado, suben los magistrados al teatro y hacen libaciones en un altar consagrado a Dioniso. Estas ceremonias parece que imprimen un carácter religioso a los placeres que anuncian y que terminan.
Las decoraciones con que hermosean la escena causan también ilusión a la multitud. Según la naturaleza del asunto, el teatro representa un campo ameno, una soledad espantosa, una playa cercada de precipicios y hondas grutas, tiendas armadas cerca de una ciudad sitiada o cerca de un puerto cubierto de naves. Por lo común la acción es en el vestíbulo de un palacio o de un templo; enfrente hay una plaza, y al lado se ven algunas casas formando dos calles principales, la una hacia el oriente y la otra al occidente.
La representación requiere un gran número de máquinas; con unas ejecutan y fingen vuelos y bajadas de los dioses, y apariciones de sombras; con otras causan efectos naturales, tales como el humo, la llama, el trueno, cuyo ruido se imita dejando caer guijarros desde muy alto en un vaso de bronce. Hay también otras máquinas que, dando vueltas sobre ruedas, presentan lo interior de una casa o de una tienda de campaña. De este modo se presenta a Áyax en medio de los animales que ha inmolado a su furor.
Hay empresarios encargados de una parte del gasto que ocasiona la representación de las piezas, y reciben de los espectadores una corta retribución para indemnizarse. Algunas veces dan la función gratis, y otras distribuyen billetes que equivalen a la paga ordinaria, hoy día de dos óbolos.
CAPÍTULO LXIX.
Conversaciones sobre la naturaleza y objeto de la tragedia.