Durante la pieza, tan pronto ejerce el coro la función de actor como da forma al intermedio. Bajo el primer aspecto se introduce en la acción, canta o declama con los personajes, sirviéndole su corifeo de intérprete; en ciertas ocasiones se divide en dos grupos, dirigidos por dos jefes que refieren algunas circunstancias de la acción, o que se comunican sus temores o sus esperanzas. Esta clase de escenas, que casi siempre son cantadas, concluyen a veces reuniéndose las dos partes del coro. Bajo el segundo aspecto, se reduce a lamentarse de las desgracias de la humanidad, o a implorar el auxilio de los dioses en favor del personaje que le interesa.

En cada tragedia se necesitan tres actores para los tres primeros papeles que saca por suerte el principal arconte, y en consecuencia les asigna la pieza en que deben representar. El autor solamente tiene el privilegio de escogerlos cuando ha ganado la corona en una de las fiestas anteriores.

Algunas veces representan unos mismos autores en la tragedia y la comedia, pero rara vez se ve que sobresalgan en ambos géneros. Es inútil advertir que alguno ha sobresalido siempre en los primeros papeles, que algunos nunca han pasado de los terceros, y que hay papeles que requieren una fuerza extraordinaria, como el de Áyax furioso.

Dan crecidos sueldos a los actores que han adquirido gran celebridad, tanto que yo he visto a Polo ganar un talento en dos días (más de 20 mil reales vellón). Su salario se arregla por el número de piezas que representan, y así que sobresalen en el teatro de Atenas, los buscan y solicitan de las principales ciudades de Grecia. Si faltan a las contratas que hacen, están obligados a pagar cierta suma estipulada en el contrato, y por otra parte la república les impone una multa cuando se ausentan durante las solemnidades.

Se canta en los intermedios, y se declama en las escenas siempre que el coro calla. En el canto dirige la flauta a la voz, y en la declamación la dirige una lira que la impide que decaiga.

Con respecto al canto, se observaban antiguamente con rigor las leyes de él, pero en el día se infringen impunemente las respectivas a los acentos y cantidad. Para asegurar la ejecución de las demás, el maestro del coro en defecto del poeta, ejercita y ensaya por mucho tiempo a los actores antes de representar las piezas; mide el compás con el pie o con la mano, o de otra manera que dé movimiento a los coristas siempre atentos a sus ademanes. No se limita a dirigir la voz de los que están a sus órdenes, pues debe también darles lecciones de dos especies de danzas propias del teatro. La una es la danza propiamente tal, que los coristas ejecutan solamente en ciertas piezas y en ciertas ocasiones, por ejemplo, cuando alguna plausible noticia les obliga a entregarse a los arrebatos de la alegría. La otra, que se ha introducido muy tarde en la tragedia, es aquella que arreglando los movimientos y las diversas inflexiones del cuerpo, ha llegado a pintar con más exactitud que la primera las acciones, las costumbres y los sentimientos. De todas las imitaciones esta es acaso la más enérgica, porque la palabra no debilita su elocuencia rápida, todo lo expresa, dejando vislumbrarlo todo, y no es menos propia para satisfacer el entendimiento que para mover el corazón.

No siendo esta clase de danza una sucesión de movimientos y de pausas expresivas, como la armonía, es visto que ha debido verificarse en las diferentes especies de drama. La de la tragedia debe representar almas que sufren sus pasiones, su dicha y su inforturnio con la decencia y firmeza que convienen a la elevación de su carácter.

Es menester que la actitud de los actores semeje a los modelos que toman los escultores para dar hermosas posiciones a sus estatuas: que las evoluciones de los coros se ejecuten con el orden y la disciplina de las marchas militares; y, en fin, que todas las señales exteriores concurran con tanta exactitud a la unidad del interés que resulte de ello un concierto tan agradable a la vista como al oído.

La danza de la comedia es libre, familiar, a veces vil, y las más deshonrada con licencias tan groseras que el mismo Aristófanes tiene por un mérito el haberlas desterrado de algunas piezas suyas.

En el drama que se llama sátira, esta danza es viva y tumultuosa, pero sin expresión, y sin relación con las palabras.