Recorrimos las tres provincias ocupadas por estos pueblos. La ciudad de Cime es una de las mayores y más antiguas de la Eólida. Nos habían pintado sus habitantes como hombres casi estúpidos, pero en breve vimos que no debían esta reputación sino a sus virtudes. Pasamos algunos días en Focea, cuyas murallas son de grandes piedras perfectamente unidas, y entramos en aquellas vastas y ricas campiñas que el Hermo fertiliza con sus aguas, extendiéndose desde las costas del mar hasta más allá de Sardes. El camino que seguíamos estaba casi todo cubierto de frondosos árboles, y nos llevó por la sombra a la embocadura del Hermo, desde donde tendimos la vista por aquella soberbia rada formada por una península donde están las ciudades de Eritras y de Teos. En el fondo de la bahía se encuentran algunas aldeas, restos infelices de la antigua ciudad de Esmirna, destruida en otro tiempo por los lidios pero aún conservan el mismo nombre.

En seguida dirigimos nuestro camino hacia el mediodía. Además de las ciudades que hay tierra adentro, vimos en la costa y en las inmediaciones a Lébedos, Colofón, Éfeso, Priene, Miunte, Mileto, Yaso, Mindo, Halicarnaso y Cnido.

Los habitantes de Éfeso nos enseñaron con sentimiento las ruinas del templo de Artemisa, tan célebre por su antigüedad como por su grandeza; catorce años antes había sido quemado, no por el fuego del cielo ni el furor del enemigo, y sí por el capricho de un particular llamado Eróstrato, quien en medio de los tormentos confesó que no había tenido otro fin que el de eternizar su nombre. La dieta general de los pueblos de Jonia expidió un decreto condenando al olvido el nombre fatal de Eróstrato, pero la misma prohibición debe perpetuar su memoria, y el historiador Teopompo me dijo un día que al contar el hecho nombraría al reo.

No quedan de este soberbio edificio más que las cuatro paredes y unas columnas que se levantan en medio de los escombros.

La llama consumió el techo y los adornos que decoraban la nave; han empezado a restablecerle, para lo cual han contribuido todos los ciudadanos, haciendo sacrificio de sus joyas las mujeres.

Las partes deterioradas por la llama se restablecerán, y las consumidas se volverán a hacer con más magnificencia o a lo menos con más gusto. La belleza interior estaba realzada por el brillo del oro y las obras de algunos artistas célebres, y lo será mucho más con los tributos de la pintura y la escultura, perfeccionadas en estos últimos tiempos. No se hará variación en la figura de la estatua, tomada antiguamente de los egipcios, y que se encuentra en los templos de muchas ciudades griegas. La cabeza de esta diosa está coronada de una torre, sostienen sus manos dos triángulos de hierro, y el cuerpo remata en una pilastra en la cual se ven esculpidas varias figuras de animales y de otros símbolos.

Vednos ya en Mileto, admirando sus muros y sus templos, sus fiestas, sus fábricas y sus puertos; esta reunión confusa de naves, de marineros y trabajadores agitados por un movimiento rápido. Esta ciudad es la mansión de la opulencia, de las luces y los placeres: es la Atenas de Jonia. Los monumentos de las artes adornan lo interior de la ciudad, y brillan en las cercanías las riquezas de la naturaleza. ¡Oh, cuántas veces hemos dirigido la vista hacia el Meandro, que después de haber recibido muchos ríos, y bañado los muros de muchas ciudades, se dilata dando revueltas por aquella llanura que se honra con su nombre y se adorna orgullosa con sus beneficios! ¡Oh, cuántas veces, sentados sobre el césped que guarnece sus floridas riberas, rodeados por todas partes de cuadros encantadores, no pudiendo saciarnos ni de aquel aire, ni de aquella luz cuya suavidad iguala a su pureza, sentíamos introducirse en nuestras almas una languidez prodigiosa, y echarlas, digámoslo así, en la embriaguez de la dicha!

Cerca de Mileto nos llevaron a la fuente de Biblis, donde esta princesa infortunada expiró de amor y pena, y allí nos enseñaron el monte Latmos, donde Artemisa acariciaba al joven Endimión. Los amantes desgraciados van a Samos a dirigir sus votos a los manes de Leóntico y de Rádine.

Se ofrece el espectáculo más interesante al viajero atento que sube hacia el norte desde el puerto de Halicarnaso en Dórida, para ir a la península de Eritras.

En este camino que tiene en línea recta más de novecientos estadios (29 leguas y tres cuartos), se presentan a la vista muchas ciudades esparcidas por las costas del continente y de las islas inmediatas. Jamás ha producido la naturaleza en tan corto espacio tan gran número de talentos distinguidos y de ingenios sublimes. Heródoto nació en Halicarnaso, Hipócrates en Cos, Tales en Mileto, Pitágoras en Samos, Parrasio en Éfeso, Jenófanes en Colofón, Anacreonte en Teos, Anaxágoras en Clazómenas y Homero en todas partes.