Desde Jonia propiamente tal, pasamos a la Dórida. Cnido situada cerca del promontorio Triopio, dio a luz al historiador Ctesias así como al astrónomo Eudoxo que ha vivido en nuestros días. Al pasar nos enseñaron la casa en que este último hacía sus observaciones, y un momento después nos vimos en presencia de la célebre Afrodita de Praxíteles, la cual está colocada en medio de un templete que recibe la luz por dos puertas opuestas a fin de que esté alumbrado suavemente por todas partes. ¿Pero cómo pudiera yo pintar mi sorpresa al primer golpe de vista y las ilusiones consecuentes? Dábamos nuestros sentimientos al mármol, y le oíamos suspirar. Dos discípulos de Praxíteles, recién venidos de Atenas para estudiar esta obra maestra, nos hacían notar sus bellezas, cuyos efectos experimentábamos sin penetrar la causa.
Los cnidios se vanaglorian de poseer un tesoro que favorece a un mismo tiempo los intereses de su comercio y los de su gloria. Entre los pueblos supersticiosos y apasionados a las artes, basta un oráculo o un monumento célebre para atraer a los extranjeros; así es que se les ve a menudo pasar los mares y venir a Cnido a contemplar la obra más hermosa que ha salido de las manos de Praxíteles.
Al salir del templo recorrimos el bosque sagrado, donde todos los objetos son relativos al culto de Afrodita. Allí parece que reviven y que gozan de una eterna juventud la madre de Adonis bajo la figura del mirlo, la sensible Dafne bajo la del laurel, el hermoso Cipariso bajo la del ciprés. Por todas partes se ve la flexible yedra agarrada a las ramas de los árboles, y en algunas la fecunda parra encuentra en ellos un apoyo favorable. Debajo de los emparrados protegidos por la sombra de soberbios plátanos, vimos muchos grupos de cnidios que después de un sacrificio hacían una comida campestre, cantando sus amores y echando a menudo en sus copas el vino delicioso que produce esta venturosa comarca.
De Cnido fuimos a Milasa, una de las principales ciudades de la Caria, de la cual es parte Dórida. Posee un rico territorio y muchos templos, algunos antiquísimos, y todos de un hermoso mármol sacado de una cantera cercana.
CAPÍTULO LXXI.
Las islas de Rodas, de Creta y de Cos. — Hipócrates.
Nos embarcamos en Cauno y fuimos a la isla de Rodas, llamada antiguamente Ofiusa, que quiere decir la isla de las serpientes. En tiempo de Homero estaba dividida esta isla entre las ciudades de Yáliso, Cámiros y Lindos, que aún subsisten aunque despojadas de su antiguo esplendor. Casi en nuestros días, habiendo resuelto la mayor parte de sus habitantes establecerse en un mismo paraje para reunir sus fuerzas, echaron los cimientos de la ciudad de Rodas, según los planes de un arquitecto ateniense, y trasladaron allí las estatuas que adornaban sus primeras moradas, algunas de las cuales eran verdaderos colosos.[2]
[2] No hago aquí mención de aquel famoso coloso que tenía, según Plinio, setenta codos de altura, pues no se construyó hasta cerca de 64 años después de la época del viaje de Anacarsis a Rodas.
Construyeron la nueva ciudad en forma de anfiteatro sobre un terreno que baja hasta la orilla del mar. Sus fuertes, sus arsenales, sus murallas, que son muy altas, sus casas hechas de piedra y ladrillo, sus templos, sus calles, sus teatros, todo ostenta allí la grandeza y la hermosura, todo da indicios del gusto de una nación que ama las artes y cuya opulencia las posee en estado de ejecutar grandes cosas.
Antes de la época de las olimpiadas, se aplicaron los rodios a la marina. Su isla sirve de asilo y descanso a las naves que van de Egipto a Grecia y viceversa, a causa de su excelente posición. Sucesivamente se establecieron en la mayor parte de los lugares donde les atraía el comercio, porque sus leyes concernientes a la marina jamás dejarán de mantener su isla en un estado floreciente y podrán servir de modelos a todas las naciones comerciantes, y así es que se presentan con seguridad en todos los mares y costas. No hay cosa alguna comparable con la velocidad de sus naves, la disciplina que en ella se observa y la habilidad de sus capitanes y pilotos. Esta parte de la administración está confiada al celo y vigilancia de una magistratura severa, que castigaría de muerte a cualquiera que se atreviese a penetrar en ciertos parajes de los arsenales.