Las leyes de los rodios inspiran a estos un amor ardiente a la libertad, y sus soberbios monumentos imprimen en sus almas ideas y sentimientos de grandeza. Conservan la esperanza en los más grandes reveses, y la antigua sencillez de sus padres en el seno de la opulencia. Sus costumbres han recibido algunas veces fuertes invasiones, pero están adheridos de tal modo a ciertas formas de orden que semejantes ataques solo tienen entre ellos una influencia pasajera. Se presentan en público vestidos con modestia y con grave continente; jamás se les ve correr por las calles, ni agolparse unos con otros; asisten a los espectáculos silenciosamente, y en aquellos banquetes en que reina la confianza de la amistad y de la alegría, se respetan a sí mismos.
Entre los literatos que ha producido la isla de Rodas citaremos a Cleóbulo, uno de los siete sabios de Grecia, Timocreón y Anaxándrides, uno y otro célebres por sus comedias. Timocreón era a un mismo tiempo atleta y poeta, muy voraz y muy satírico. En sus composiciones dramáticas y en sus canciones se encarnizaba sin piedad contra Temístocles y Simónides, quien le hizo el epitafio cuando murió, concebido en estos términos: «He pasado mi vida comiendo, bebiendo, y hablando mal de todo el mundo».
Llamado Anaxándrides a la corte del rey de Macedonia, aumentó con una de sus comedias el esplendor de las fiestas que allí se celebraban. Su vanidad le daba un genio insufrible. Había compuesto sesenta y cinco comedias, y ganó el premio diez veces; pero más humillado de sus caídas que altanero de sus victorias, en vez de corregir las piezas que no habían tenido aceptación, las enviaba a los especieros.
La isla de Rodas es mucho menor que la de Creta;[3] nuestra travesía de una a otra fue muy feliz, y desembarcamos en el puerto de Cnosos, distante veinticinco estadios (cerca de tres cuartos de legua) de la ciudad del mismo nombre.
[3] Hoy Candia.
Cnosos era capital de la isla en tiempo de Minos. Los habitantes quisieran conservarla la misma prerrogativa, y fundan su pretensión en un título el más respetable para ellos, cual es el sepulcro de Zeus, que es aquella famosa caverna donde dicen que fue sepultado y está abierta al pie del monte Ida, a corta distancia de la ciudad. Nos instaron para que fuésemos a verla, y el cnosio en cuya casa estábamos alojados se empeñó en acompañarnos.
El camino por donde se va a la caverna de Zeus es muy ameno: a la entrada de esta caverna, que puede tener unos doscientos pies de longitud y veinte de anchura, hay colgadas muchas ofrendas, y en lo interior vimos una silla que se llama el trono de Zeus, y en las paredes esta inscripción en caracteres antiguos: Aquí está el sepulcro de Zan.
Como se estaba en la creencia de que el dios se manifestaba en el subterráneo sagrado a los que iban a consultarle, hubo hombres de talento que se aprovecharon de este error para ilustrar o seducir a los pueblos; y en efecto, se pretende que Minos, Epiménides y Pitágoras, queriendo dar a sus leyes o a sus dogmas una sanción divina, bajaron a la caverna y estuvieron encerrados en ella más o menos tiempo.
De allí fuimos a la ciudad de Gortina, una de las principales del país, la cual está situada a la entrada de un valle fertilísimo. Nos llevaron a la cumbre de una colina por un camino muy áspero, hasta la boca de una caverna cuyo exterior presenta a cada paso rodeos sin número. Nuestros guías, que sabían todos los escondrijos y revueltas de este oscuro retiro, iban prevenidos con una tea. Seguimos por una especie de callejón muy ancho, alto de siete a ocho pies en algunos parajes y en otros de dos o tres solamente. Después de haber andado o trepado por espacio de unos mil doscientos pasos, fuimos a parar a dos salas casi circulares, cada una de veinticuatro pies de diámetro, sin otra salida que aquella por donde habíamos entrado, y ambas abiertas en la peña, del mismo modo que una parte del camino que acabábamos de pasar.
Pretendían nuestros conductores que esta caverna era precisamente aquel famoso laberinto donde Teseo mató al minotauro que Minos encerró en él, y aun añadían que el laberinto solo sirvió de cárcel al principio.