En medio de la isla se eleva el monte Ida, a cuya cumbre llegamos atravesando bosques de encinas, de arces y de cedros, y caminando por la orilla de los precipicios. Esta enorme masa ocupa un espacio de seiscientos estadios de circunferencia (noventa y cuatro leguas), y ofrecía sucesivamente a nuestra vista soberbias selvas, valles y praderas deliciosas, animales silvestres y mansos, y copiosas fuentes que van a larga distancia de allí a fertilizar los campos.

La isla de Creta era muy poblada en tiempo de Homero, pues se contaban en ella noventa o cien ciudades. Se pretende que las más antiguas fueron construidas en las faldas de los montes, y que los habitantes bajaron a las llanuras cuando los inviernos se hicieron más largos y rigurosos. El país es por todas partes montuoso y desigual, por cuya causa se usa allí más bien la carrera de a pie que la de a caballo, y es tanto el ejercicio que hacen del arco y la honda los cretenses desde la infancia que han llegado a ser los mejores arqueros y los honderos más diestros de la Grecia.

Nos hablaron de muchos cretenses que han sobresalido en la poesía y en las artes. Epiménides, que se jactaba de haber aplacado la ira celeste por medio de ciertas ceremonias religiosas, se hizo así más célebre que Misón, el cual fue puesto únicamente entre el número de los sabios.

En muchos parajes de la Grecia se conservan con respeto ciertos monumentos que dicen ser de la más remota antigüedad; tales son en Queronea el cetro de Agamenón; en otra parte la clava de Heracles y la lanza de Aquiles; pero yo estaba más ansioso de descubrir los restos de su antigua sabiduría en las máximas y los usos de un pueblo que tuvo por legisladores a Radamanto y Minos, y de quienes Licurgo había tomado algunas de sus leyes. Los cretenses no mezclan jamás en sus juramentos los nombres de los dioses. Para preservarlos de los riesgos de la elocuencia, se había prohibido la entrada en la isla a los profesores de oratoria; y, aunque en el día son más indulgentes acerca de esto, hablan todavía con la misma concisión que los espartanos, y cuidan más de los pensamientos que de las palabras.

Yo fui testigo ocular de una querella entre dos cnosios, y el uno dijo al otro en un acceso de ira: «¡Ojalá vivas en mala compañía!» y se fue al momento.

Estaban para hacerse a la vela del puerto de Cnosos para el de Samos un barco mercante y una galera de tres órdenes de remos, y nosotros preferimos el primero porque debía tocar en las islas donde debíamos desembarcar. Formamos una compañía de viajeros que no podíamos cansarnos de estar juntos. Unas veces lamiendo la costa, nos admirábamos de la semejanza o de la variedad de los aspectos, y otras, menos distraídos por los objetos exteriores, tratábamos con calor varias cuestiones que verdaderamente nos interesaban muy poco. En ocasiones ocupamos nuestros ratos ociosos en asuntos de filosofía, de literatura y de historia. Un recio viento nos echó al puerto de Cos, saltamos a tierra, y se puso la nave en seco.

Esta isla es pequeña, pero muy amena. Habiendo destruido un temblor de tierra una parte de la ciudad antigua, y viéndose en seguida los habitantes despedazados por las disensiones civiles, la mayor parte de ellos fueron, algunos años hace, a establecerse al pie de un promontorio a cuarenta estadios (más de legua y cuarto) del continente del Asia. No hay cosa más bella que las perspectivas que ofrece esta posición, ni nada más magnífico que el puerto, las murallas y lo interior de la nueva ciudad. El célebre templo de Esculapio situado en el arrabal está cubierto de ofrendas, tributo del reconocimiento de los enfermos, y de inscripciones que indican tanto los males de que estaban afligidos como los remedios con que se curaron.

Aún llamaba nuestra atención otro objeto más noble. En esta misma isla nació Hipócrates en el año primero de la olimpiada ochenta (año 460 antes de J. C.), era de la familia de los Asclepíades, que desde muchos siglos conserva la doctrina de Esculapio, al cual atribuye su origen, y ha formado tres escuelas, establecidas la una en Rodas, la segunda en Cnido y la tercera en Cos. Hipócrates aprendió de su padre Heráclides los elementos de las ciencias, y convencido de que para conocer la esencia de cada cuerpo en particular era preciso remontarse a los principios constitutivos del universo, se aplicó de tal modo a la física general que ocupa un lugar honorífico entre aquellos que más se han distinguido en ella.

Enriquecido con los conocimientos de los filósofos y de los Asclepíades, concibió una de aquellas grandes e importantes ideas que sirven de época a la historia del ingenio, y fue ilustrar la experiencia con el raciocinio y rectificar la teoría con la práctica. Sin embargo, en esta teoría no admitió sino los principios relativos a los fenómenos que presenta el cuerpo humano, considerado en las relaciones de enfermedad y de salud.

Elevado el arte a la dignidad de la ciencia mediante este método, marchó con paso más seguro por el camino que se acababa de abrir, e Hipócrates terminó pacíficamente una revolución que ha mudado el semblante de la medicina. No me extenderé sobre los felices ensayos de sus nuevos remedios, ni sobre los prodigios que se produjeron en todos los lugares honrados con su presencia, particularmente en Tesalia, donde después de una larga mansión murió poco antes de mi llegada a la Grecia; pero sí diré que ni el cebo de la ganancia ni el deseo de celebridad jamás le condujeron a climas lejanos. Según todo lo que de él me han contado, no he descubierto en su alma sino un sentimiento que es el del amor al bien, y un solo hecho en el discurso de su larga vida: el del alivio de los enfermos.