Ha dejado muchas obras; unas que se reducen a los diarios de las enfermedades que había observado, y otras que contienen los resultados de su experiencia y la de los siglos anteriores; otras, en fin, que tratan de los deberes del médico, y de varias partes de la medicina y de la física. Todas deben meditarse atentamente porque el autor se contenta a veces con sembrar las semillas de su doctrina, y su estilo es siempre conciso; pero dice muchas cosas en pocas palabras; jamás se aparta de su meta y, mientras avanza, deja en el camino huellas luminosas, más o menos notables según se halle el lector más o menos instruido. Este era el método de los antiguos filósofos, más deseosos de indicar ideas nuevas que de ceñirse a las comunes.
Poco satisfecho de haber consagrado su vida al alivio de los enfermos y de haber consignado en sus escritos los principios de una ciencia de la que fue el creador, dejó para la instrucción del médico varias reglas que deben meditarlas a menudo los que traten de seguir su profesión, y de las cuales voy a dar un extracto.
La vida es tan corta y nuestra ciencia exige un estudio tan largo y detenido que es preciso empezar el aprendizaje desde la infancia. Si queréis formar un discípulo, aseguraos lentamente de su vocación. Si ha recibido de la naturaleza un discernimiento fino, un juicio sano, un carácter dulce y firme al mismo tiempo, afición al trabajo e inclinación a lo bueno, concebid fundadas esperanzas. Si padece cuando padecen los demás y su alma compasiva se complace en enternecerse de los males de la humanidad, deducid de aquí que tomará pasión a una ciencia que enseña a socorrer a la humanidad misma.
Cuando por un corto salario adoptéis un discípulo, debe haber jurado antes una pureza inalterable en sus costumbres y en el desempeño de sus obligaciones. Un médico no cumplirá jamás con sus deberes sin las virtudes propias de su estado. ¿Y cuáles son estas? Casi no exceptúo ninguna, porque lo honroso de su ministerio se funda en que exige casi todas las buenas prendas del corazón y del alma. En efecto, si no hubiese confianza en su discreción y prudencia, ¿qué padre de familia le llamará sin el temor de introducir en su casa un espía, un intrigante o un corruptor de su mujer y de sus hijas? ¿Cómo se ha de contar con su humanidad si se acerca a los enfermos con una alegría irritante o con un genio adusto, ceñudo, y unos modales groseros con imprudencia? ¿Si ocupado siempre de engalanarse, siempre perfumado y magníficamente vestido, se le ve andar de casa en casa para recitar discursos en elogio de su ciencia? ¿Quién podrá contar con sus intenciones, si le domina un loco orgullo o aquella envidia baja que nunca fue el patrimonio del hombre superior; y si sacrificando en fin a su interés todas las consideraciones, se dedica solamente al servicio de los ricos?
¿Cuál es el médico que honra su estado? Aquel que ha merecido la estimación pública por sus profundos conocimientos, una larga experiencia, una exacta probidad y una conducta irreprensible; aquel a cuyos ojos todos los desgraciados son iguales, como lo son todos los hombres a la vista de la divinidad; el que acude afanoso a su voz, sin excepción de personas, que los habla con dulzura, les escucha con atención, tolera sus impertinencias, y les inspira aquella confianza que basta algunas veces para darles la vida; aquel que, penetrado de sus males, estudia con obstinación la causa y los progresos, no se turba jamás por los accidentes imprevistos, mira como un deber el llamar en caso necesario algunos de sus compañeros para que le iluminen con sus consejos; aquel, en fin, que después de haber luchado con todos sus esfuerzos contra la enfermedad, se tiene por dichoso y es modesto en el buen éxito, y que puede felicitarse, a lo menos en los reveses, de haber suspendido los dolores y dado consuelos.
Tal es el médico filósofo que Hipócrates comparaba a un dios, sin echar de ver que se pintaba a sí mismo. Algunas gentes que por la excelencia de su mérito eran capaces de conocer la superioridad del suyo me han asegurado que los médicos le mirarán siempre como el primero y más hábil de sus legisladores, y que su doctrina, adoptada por todas las naciones, obrará todavía millares de curaciones después de millares de años. Si la predicción se cumple, los más vastos imperios no podrán disputar a la isleta de Cos la gloria de haber dado el hombre más útil a la humanidad; y a los ojos de los sabios los nombres de los más grandes conquistadores se humillarán delante del de Hipócrates.
Después de haber visto algunas islas inmediatas a Cos, salimos para Samos.
CAPÍTULO LXXII.
Descripción de Samos. — Polícrates.
Cuando se entra en la rada de Samos, se ve a la derecha el promontorio de Poseidón, en cuya cumbre hay un templo consagrado a este dios; a la izquierda están el templo de Hera y muchos edificios hermosos esparcidos por entre los árboles que dan sombra a las orillas del Ímbraso; y enfrente, la ciudad situada a lo largo en parte del mar y en parte de la ladera de un monte que se eleva por el lado del norte. Esta isla tiene seiscientos estadios (cerca de 20 leguas) de circunferencia.