Anacarsis. Pero ¿cómo puede conciliarse el permiso que concede a los otros con su sistema sobre la transmigración de las almas? Porque, en fin, como ha dicho antes este ateniense, os exponéis a comeros a vuestro padre o a vuestra madre.
Samio. Os digo que Pitágoras y sus discípulos no creían en la metempsicosis.
Anacarsis. ¿Cómo es eso?
Samio. Timeo de Locros, uno de los más antiguos y más célebres de ellos, así lo confesó.
Anacarsis. ¿Y por qué se tomaba Pitágoras ese interés tan vivo por la conservación de los animales y particularmente de aquellos que son útiles al hombre, si no es porque les suponía un alma semejante a la nuestra?
Samio. Este interés se fundaba en la justicia. Porque en verdad, ¿qué derecho tenemos para atrevernos a quitar la vida a unos seres que han recibido como nosotros este don del cielo? Los primeros hombres, siendo más dóciles a la voz de la naturaleza, únicamente ofrecían a los dioses frutos, miel y tortas de que ellos mismos se alimentaban, sin atreverse a derramar la sangre de los animales, y particularmente de aquellos que son útiles al hombre. Pitágoras conoció fácilmente que no se podía desarraigar de repente el abuso autorizado ya por una larga serie de siglos; se abstuvo de los sacrificios sangrientos y siguieron su ejemplo sus discípulos de primera clase. Los demás, obligados a conservar relaciones con los hombres, tuvieron la libertad de sacrificar un corto número de animales, y de probar su carne, más bien que comerla.
Anacarsis. Ya veo que conozco mal vuestro instituto, y por lo mismo me atrevo a suplicaros que me deis una idea exacta de él.
Samio. Bien sabéis que Pitágoras fijó su residencia en Italia cuando volvió de sus viajes; por sus exhortaciones, las naciones griegas en este fértil país pusieron las armas a sus pies y sus intereses en sus manos; haciéndose árbitro de ellas, les enseñó a vivir en paz entre sí y con los demás; hombres y mujeres se sometieron con igual ardor a los más duros sacrificios, y de todas las partes de Grecia, de Italia y de la Sicilia se vio acudir un número infinito de discípulos; dejose ver en la corte de los opresores sin adularlos, y obligoles a bajar sin sentimiento de un trono mal adquirido; en fin, al aspecto de tantas mudanzas los pueblos exclamaron que se había aparecido en la tierra un dios para librarla de los males que la afligen.
Anacarsis. Pero él o sus discípulos, ¿no se han valido de la mentira, suponiendo prodigios, para conservar esa ilusión?
Samio. En nada veo que Pitágoras se haya arrogado el derecho de mandar a la naturaleza. No son los elogios exagerados que le dan lo que asegura su gloria, ni las acusaciones odiosas lo que puede mancillarla. El fundamento de su gran fama es aquel proyecto de una congregación que siempre subsistente y siempre depositaria de las ciencias y de las costumbres fuese el órgano de la verdad y de la virtud, cuando los hombres se hallasen en estado de oír la una y practicar la otra.