»Un gran número de discípulos abrazaron este instituto, y él los reunió en un edificio inmenso, donde vivían en comunidad, distribuidos en diferentes clases. Unos pasaban su vida contemplando las cosas celestes; los otros cultivaban las ciencias, y en particular la astronomía y la geometría; otros en fin, llamados ecónomos o políticos, estaban encargados de mantener la casa y los asuntos propios de ella.
»No admitía Pitágoras novicios con facilidad, antes bien examinaba el carácter del pretendiente, sus costumbres, su conducta, su modo de andar, sus palabras y su silencio; la impresión que en él hacían los objetos y el comportamiento que había tenido con sus padres y sus amigos. Si era admitido, desde aquel momento depositaba todos sus bienes en manos de los ecónomos.
»Varios hombres virtuosos, la mayor parte establecidos en parajes lejanos, se filiaban en la orden, e interesándose en sus progresos se penetraban de su espíritu y observaban la regla.
»Los discípulos que vivían en comunidad se levantaban muy temprano. Al despertarse hacían dos exámenes: uno, de lo que habían dicho o hecho en la víspera, y otro, de lo que habían de hacer en aquel día; el primero para ejercitar la memoria y el segundo para arreglar su conducta. Después de ponerse una ropa blanca muy aseada, tomaban la lira y entonaban cánticos sagrados hasta el momento en que mostrándose el sol en el horizonte, se postraban ante él, e iba cada uno en particular a pasearse a unos bosquecillos amenos o a gratas soledades. El aspecto y el silencio de aquellos hermosos lugares les inspiraban la tranquilidad de alma, y la disponían a las sabias conferencias que les aguardaban a su vuelta.
»Casi siempre las tenían en un templo, y versaban sobre las ciencias exactas o la moral: explicaban los elementos sabios profesores, y conducían a los discípulos a la más alta teoría. Les proponían a menudo por objeto de meditación un principio fecundo, una máxima luminosa. Pitágoras, que lo veía todo de una mirada, como él lo explicaba todo con una sola palabra les dijo un día: «¿Qué es el universo? El orden. ¿Qué es la amistad? La igualdad». A los ejercicios del entendimiento sucedían los del cuerpo, tales como la carrera y la lucha, y estas contiendas pacíficas se tenían o en bosques o en jardines.
»En la comida se les servía pan y miel. Los que aspiraban a la perfección no tomaban más que pan y agua. Al salir de comer se reunían de dos en dos o de tres en tres, volvían al paseo, y tratando entre ellos de las lecciones que les habían dado por la mañana de tales conferencias, alejaban severamente las murmuraciones y las injurias, las bufonadas y toda palabra superflua.
»Cuando volvían a la casa, entraban en el baño y, al salir de él, se distribuían en diferentes salas donde se habían puesto mesas, cada una de diez cubiertos. Les servían pan y vino, legumbres crudas o cocidas, a veces trozos de animales inmolados y rara vez pescado. La cena, que debía acabarse antes de ponerse el sol, empezaba por la ofrenda del incienso y diversos perfumes que ofrecían a los dioses, a lo cual seguían nuevas libaciones y una lectura que estaba obligado a hacer el más joven y tenía derecho de elegir el más antiguo. Este último, antes de despedirlos, les recordaba los preceptos más importantes, diciéndoles: «No ceséis de honrar a los dioses, los genios y los héroes, de respetar a vuestros padres y bienhechores, y de volar al socorro de las leyes violadas». Para inspirarles más y más el espíritu de dulzura y equidad: «Guardaos», añadía, «de arrancar el árbol o la planta que dé al hombre utilidad, y de matar el animal que no le hace daño».
»Retirados a su estancia, se citaban ante su propio tribunal, y repasaban menudamente sus faltas de comisión u omisión: hecho este examen, cuya constante práctica bastaría por sí sola para corregir nuestras faltas, tomaban otra vez sus liras y cantaban himnos en honor de los dioses. Su muerte era tranquila. Encerraban sus cuerpos, como se hace todavía, en unos ataúdes guarnecidos de hojas de mirto, olivo y álamo, y hacían sus funerales con ciertas ceremonias que nos está prohibido revelarlas.
»Debían animarlos toda su vida dos sentimientos, o más bien diré un sentimiento único, cual es la unión íntima con los dioses y la más perfecta unión con los hombres. Nadie ha conocido ni sentido la amistad tan bien como Pitágoras. Él fue el primero que dijo estas hermosas palabras, las más hermosas y consoladoras de todas: Mi amigo es otro yo. En efecto, cuando yo estoy con mi amigo, no estoy solo, y no estamos dos.
»Los hijos de esta gran familia esparcidos por muchos climas sin haberse visto jamás, se reconocían en ciertos signos, y desde el primer día que se veían se trataban como si hubiesen estado siempre juntos. Reuníanse todos sus intereses de tal modo que muchos de ellos han pasado los mares, y arriesgado sus bienes para recobrarlos de uno de sus hermanos que había quedado pobre e indigente.