»Voy a daros un ejemplo tierno de su mutua confianza. Uno de los nuestros, que viajaba a pie, se extravió en un desierto, llegó rendido de cansancio a una posada y cayó en ella enfermo. Iba a expirar, y estando en la imposibilidad de sufragar los gastos que había causado trazó con mano trémula en una tablita algunos signos simbólicos, y mandó que los pusiesen junto al camino. Mucho después de su muerte la casualidad llevó por allí a otro discípulo de Pitágoras, y habiendo visto y entendido aquellos caracteres enigmáticos que se ofrecieron a su vista, se entera del infortunio del primer viajero, se detiene, paga con interés los gastos al posadero, y continua su camino.

Anacarsis. ¿Y podía lisonjearse Pitágoras de que el edificio que erigía a las leyes y a las virtudes sería respetado siempre, y que no le destruiría el menor sacudimiento?

Samio. A lo menos era cosa admirable verle poner los cimientos, y los primeros pasos le dieron esperanzas de que podría levantarle hasta cierta altura. Os he hablado de la revolución que causó en Italia en las costumbres desde un principio, y se hubiera difundido insensiblemente, si unos hombres poderosos, pero manchados de crímenes, no hubiesen tenido la loca ambición de entrar en la congregación: fueron excluidos y esta negativa ocasionó su ruina. La calumnia se levantó en cuanto se vio sostenida. Nos hicimos odiosos a la multitud, al negarnos que se diesen las magistraturas por suerte; a los ricos, al disponer que se concediesen al mérito. Nuestras palabras fueron transformadas en máximas sediciosas y nuestras juntas en consejos de conspiradores. Pitágoras, desterrado de Crotona, no halló asilo en los pueblos que le debían su felicidad. Su muerte no extinguió la persecución. Varios discípulos suyos, reunidos en una casa, fueron entregados a las llamas y murieron casi todos. Habiéndose dispersado los demás, los habitantes de Crotona, que reconocieron su inocencia, los volvieron a llamar algún tiempo después; mas habiendo sobrevenido una guerra se distinguieron en una batalla, y terminaron una vida inocente con una muerte gloriosa.

»Reducidos hoy día a un corto número, separados los unos de los otros, no excitando ni envidia ni compasión, practicamos en secreto los preceptos de nuestro fundador. Por el poder que tienen todavía, podéis juzgar del que tuvieron al fundarse el instituto. Nosotros formamos a Epaminondas, y Foción se ha formado con los ejemplos nuestros.

»No necesito recordaros que esta congregación ha producido una multitud de legisladores, de geómetras, de astrónomos, de naturalistas y de hombres célebres en todos los géneros; que ella ha ilustrado a la Grecia, y que los filósofos modernos han bebido en nuestros autores la mayor parte de los descubrimientos que brillan en sus obras.

Al día siguiente de esta conversación, salimos para Atenas, y algunos meses después, fuimos a las fiestas de Delos.

CAPÍTULO LXXIV.

Delos y las Cícladas.

La estación encantadora de la primavera traía unas fiestas aún más encantadoras, cuales son las que se celebran en Delos, de cuatro en cuatro años, en honor del nacimiento de Artemisa y de Apolo. El culto de estas divinidades subsistió en la isla por una larga serie de siglos; pero como empezaba a debilitarse, los atenienses instituyeron durante la guerra del Peloponeso unos juegos que atraían cien pueblos diversos. La juventud de Atenas estaba ansiosa de distinguirse: toda la ciudad estaba en movimiento, y en ella se preparaba también la diputación solemne que va a ofrecer todos los años al templo de Delos un tributo de reconocimiento por la victoria que Teseo ganó contra el Minotauro. La conduce la misma nave que transportó a este héroe a Creta, y el sacerdote de Delos tiene ya coronada la popa con sus manos sagradas. Yo bajé al Pireo con Filotas y Lisis, y nos embarcamos en una de las naves ligeras que se hacían a la vela para Delos.

Al día siguiente entramos en el canal que separa esta isla de la de Renea. Vimos inmediatamente el templo de Apolo, y lo saludamos enajenados de alegría. La ciudad de Delos se presentaba casi entera a nuestra vista, y con esta recorrimos ansiosos aquellos soberbios edificios, aquellos pórticos elegantes y aquellos bosques de columnas que la adornan.