Luego que arribamos, corrimos al templo que solo dista unos cien pasos. Hace mil años que le construyeron, y es de mármol de Paros. Vimos en lo interior la estatua de Apolo, más célebre por su antigüedad que por el buen gusto. El dios tiene el arco en la mano, y para manifestar que la música le debe su origen y sus placeres, sostiene con la izquierda las tres gracias representadas, la primera con una lira, la segunda con flautas y la tercera con un caramillo. Junto a la estatua está aquel altar que se tiene por una de las maravillas del mundo. No se admira en él ni el oro ni el marfil; unos cuernos de animales doblados con esfuerzo, entrelazados con arte y sin ninguna argamasa, forman un todo tan sólido como regular. Un ciudadano de Delos nos hizo observar todos los pormenores de lo interior del templo; y nosotros admirábamos la sabiduría de sus discursos, la amable expresión de sus miradas, y el tierno interés que se tomaba por nosotros; pero ¡cuál fue nuestra sorpresa cuando, por las noticias mutuas que nos dábamos, conocimos que era Filocles! Era uno de los principales habitantes de Delos por sus riquezas y dignidades, padre de Ismenia, cuya belleza era objeto de la conversación de todas las mujeres de Grecia, y el que estaba prevenido por cartas de Atenas para obsequiarnos y ejercer con nosotros todos los deberes de la hospitalidad. Después de habernos abrazado repetidas veces, «apresuraos», nos dijo, «venid a saludar a mis dioses caseros; venid a ver a Ismenia y a ser testigos de su himeneo».
Salimos del templo, y el impaciente celo de Filocles apenas nos permitió dar una ojeada por aquella confusión de estatuas y altares de que está rodeado. Brillaba la opulencia en casa de este hombre excelente, pero había arreglado el uso de ella con tal discreción que parecía estar todo conforme con la necesidad y todo ajeno al capricho. Principiamos haciendo libaciones en honor de los dioses que presiden a la hospitalidad. Luego nos hizo varias preguntas acerca de nuestros viajes; después de algunos instantes de una conversación deliciosa, salimos con nuestro huésped para ver los preparativos de las fiestas que debían principiar el día siguiente, y nos dirigimos a diferentes parajes de la isla que solo tiene de siete a ocho mil pasos de circuito, y su anchura es la tercera parte de su longitud. El monte Cinto, que va del norte al mediodía, termina un llano que se extiende hacia occidente hasta la orilla del mar, y en este llano está situada la ciudad. Se halla severamente desterrado de esta isla todo cuanto puede ofrecer la imagen de la guerra, de modo que no se permite, ni aun el animal más fiel al hombre, porque destruiría a los animales más débiles y más tímidos. En fin, la paz ha escogido a Delos como morada, y la casa de Filocles por su palacio.
Algunos días después partimos muy de mañana con nuestro huésped para ver el monte Cinto, que solo tiene una mediana altura. Desde su cima se descubre una multitud extraordinaria de islas de todas magnitudes, sembradas en medio de las aguas con el mismo bello desorden que las estrellas en el cielo. La vista las recorre con avidez, y vuelve a buscarlas después de haberlas perdido. Ya se distrae con placer en las revueltas de los canales que las separan, ya mide lentamente los lagos y las líquidas llanuras que ellas abrazan. Aquí el seno de las aguas se ha convertido en mansión de los mortales; esta es una ciudad esparcida en la superficie del mar; es la pintura de Egipto, cuando el Nilo se derrama por sus campos, y parece que sostiene con sus aguas las colinas que sirven de retiro a los habitantes.
«La mayor parte de estas islas», nos dijo Filocles, «se llaman Cícladas, porque forman como un recinto alrededor de Delos. Sesostris, rey de Egipto, sometió una parte de ellas a sus armas; Minos, rey de Creta, gobernó algunas con sus leyes; los fenicios, los carios, los persas, los griegos, todas las naciones que han tenido el imperio del mar las conquistaron y poblaron sucesivamente; pero las colonias de estos últimos han hecho desaparecer las extranjeras, e intereses poderosos han unido para siempre la suerte de las Cícladas a la de la Grecia. Atenas les ha dado leyes, y exige de ellas tributos proporcionados a sus fuerzas. A la sombra de su poder ven florecer en su seno el comercio, la agricultura y las artes, y serían felices si pudiesen olvidar que fueron libres.
»Estas islas no son todas fértiles igualmente, pues las hay que apenas cubren las necesidades de los isleños. Tal es Miconos, que es aquella que se divisa al este de Delos, de donde dista veinticuatro estadios. Expuesta la tierra a los rayos ardientes del sol, suspira incesantemente por lluvias refrigerantes, y parece que reúne toda su virtud en beneficio de las viñas y las higueras, cuyos frutos son afamados.
»No tan grande pero más fértil que Miconos es Renea que veis al poniente, y que solo dista de nosotros unos quinientos pasos, la cual se distingue por la riqueza de sus colinas y sus campos. Esta isla encierra las cenizas de nuestros padres, y encerrará las nuestras algún día. A la eminencia que se ve enfrente fueron trasladados los sepulcros que estaban antes en Delos, y que, multiplicándose cada día con nuestras pérdidas, se levantan del seno de la tierra como otros tantos trofeos que la muerte cubre con su sombra amenazadora.
»Dirigid la vista hacia el norte, y allí descubriréis las costas de la isla de Tenos. Los primeros que la cultivaron hicieron de ella una tierra nueva que corresponde a los deseos del labrador o los previene, ofreciendo a sus necesidades los frutos más exquisitos y granos de toda especie. Por todas partes brotan mil fuentes, y las llanuras enriquecidas con sus aguas se hermosean más y más con el contraste de los áridos montes y los desiertos que la rodean.
»Andros está separada de Tenos por un canal de doce estadios de anchura (más de un cuarto de legua). En esta isla se encuentran montes cubiertos de verdor como en Renea, fuentes más abundantes que en Tenos, valles tan deliciosos como en Tesalia, frutos que halagan la vista y el gusto; es, en fin, una ciudad famosa por los obstáculos que hallaron los atenienses para someterla, y por el culto a Dioniso, a quien honra especialmente.
»Casi a igual distancia de Andros y de Ceos se encuentra la isleta de Giaros, digno retiro de malhechores, si se purgase de ellos la tierra; región yerma y erizada de peñascos, de modo que parece habérselo negado todo la naturaleza, así como parece que todo lo ha concedido a la isla de Ceos.
»Los pastores de esta hacen honores divinos y consagran sus rebaños al pastor Aristeo que fue el primero que condujo a esta isla una colonia. Abunda de frutos y pastos; los cuerpos son allí robustos, las almas naturalmente vigorosas, y los pueblos tan numerosos que se han visto obligados a distribuirse en cuatro ciudades, cuya capital es Yulis. Está situada en una altura, y su nombre se deriva de una fuente copiosa que corre al pie de la colina. Careso, que dista de ella veinticinco estadios (más de tres cuartos de legua), la sirve de puerto y la enriquece con su comercio.