»Adornan a Yulis soberbios edificios, enormes piedras de mármol forman sus murallas, y se ha hecho fácil la subida por caminos hechos en las vertientes de las alturas vecinas. Pero lo que le da más lustre es el ser cuna de muchos hombres célebres, entre otros Simónides, Baquílides y Pródico.

»Simónides nació hacia el tercer año de la olimpiada cincuenta (558 antes de J. C.). Mereció la estimación de los reyes, los sabios y los grandes hombres de su tiempo. Era poeta y filósofo, y la feliz reunión de estas cualidades hizo sus talentos más útiles y su sabiduría más amable. Su estilo lleno de dulzuras es sencillo, armonioso y admirable por la elección y la colocación de las palabras. Fueron el asunto de sus cantos las alabanzas de los dioses, las victorias de los griegos contra los persas y los triunfos de los atletas. Ejercitose en casi todos los géneros de poesía, y consiguió el acierto principalmente en la elegía y en los cantos lúgubres. Nadie ha conocido mejor que él el arte sublime y delicioso de interesar y enternecer: nadie ha pintado con más verdad las situaciones y los infortunios que excitan la compasión.

»Como los caracteres de los hombres influyen en sus opiniones, era natural que la filosofía de Simónides fuese dulce sin altanería. Su sistema, según lo que se ha podido juzgar por algunos de sus escritos y muchas de sus máximas, se reduce a los artículos siguientes.

»“No sondeemos la inmensa profundidad del Ser supremo: limitémonos a saber que todo se ejecuta por su orden y que posee la virtud por excelencia. Los hombres no tienen más que una débil emanación de ella y la reciben de él. No se glorían, pues, de una perfección a la cual no podrían llegar. La virtud ha fijado su residencia entre rocas escarpadas, y si a fuerza de trabajos se elevan hasta ella, en breve los arrastran al precipicio mil fatales circunstancias. Así su vida es una mezcla de bien y de mal, y es tan difícil ser con frecuencia virtuoso como imposible serlo siempre. Complazcámonos, pues, en alabar las buenas acciones; cerremos los ojos para no ver aquellas que no lo son, o por obligación, cuando apreciamos por otros títulos al que delinque, o por indulgencia, cuando nos es indiferente. Lejos de censurar a los hombres con tanto rigor, acordémonos que no son más que debilidad, que están destinados a permanecer por un momento sobre la superficie de la tierra y para siempre en su seno. El tiempo vuela: mil siglos comparados con la eternidad, no son más que un punto o una pequeñísima parte de un punto imperceptible”.

»Simónides murió a la edad de cerca de noventa años. Se le atribuye mérito por haber aumentado en la isla de Ceos el aparato de las fiestas religiosas, añadido la octava cuerda a la lira, y descubierto el arte de la memoria artificial; pero lo que le asegura inmortal gloria es haber dado lecciones útiles a los reyes, haber hecho feliz a la Sicilia sacando a Hierón de sus extravíos y obligándole a vivir en paz con sus súbditos y consigo mismo.

»La familia de Simónides era como aquellas en que es perpetuo el sacerdocio de las Musas. Su nieto, del mismo nombre que él, escribió sobre las genealogías, y sobre los descubrimientos que hacen honor al entendimiento humano. Baquílides, su sobrino, le hizo en cierto modo resucitar en la poesía lírica. La pureza del estilo, la corrección del diseño, las bellezas regulares y sostenidas, le hicieron digno a Baquílides de los aplausos que pudiera envidiarle el mismo Píndaro. Estos dos poetas dividieron entre sí el favor del rey Hierón y los votos de la corte de Siracusa, pero cuando la protección no les impidió ya ponerse en su lugar, Píndaro se elevó, digámoslo así, a los cielos, y Baquílides se quedó en la tierra.

»Mientras que este último perpetuaba en Sicilia la gloria de su patria, el sofista Pródico la hacía brillar en las diferentes ciudades de la Grecia, donde recitaba arengas preparadas con arte, sembradas de alegorías ingeniosas, de un estilo sencillo, noble y armonioso. Su elocuencia, que presentaba la virtud bajo rasgos seductores, fue admirada por los tebanos, elogiada por los atenienses y estimada por los espartanos. Después propaló ciertas máximas que destruían los fundamentos de la religión, y desde este instante le miraron los atenienses como el corruptor de la juventud, y le condenaron a beber la cicuta.

»No lejos de Ceos está la isla de Citnos, famosa por sus pastos, y más cerca de nosotros esa tierra que veis al poniente es la fértil isla de Siros, donde nació uno de los más antiguos filósofos de la Grecia, Ferécides, que vivía en ella doscientos años hace.

»Tended la vista hacia el mediodía y ved en el horizonte aquellos vapores opacos y fijos que ofuscan su naciente brillo: esas son las islas de Paros y de Naxos. La primera tiene fértiles campiñas, numerosos rebaños y dos excelentes puertos, y las Gracias tienen también altares en ellas. Un día que Minos, rey de Creta, hacía sacrificios a estas divinidades, fueron a decirle que su hijo Androgeo había sido muerto en Ática; acabó la ceremonia arrojando lejos de sí una corona de laurel que le ceñía las sienes, y con voz interrumpida de sollozos, impuso silencio al tocador de flauta.

»Muchas ciudades se glorían de haber sido cuna de Homero, pero ninguna disputa a Paros el honor o la vergüenza de haber producido a Arquíloco. Este poeta, que vivía trescientos cincuenta años hace, ha hecho en favor de la poesía lírica lo que hizo Homero a favor de la épica, teniendo ambos de común el haber servido de modelos, cada uno en su género; que sus obras se recitan en las juntas de los generales de la Grecia, y que su nacimiento se celebra comúnmente con fiestas particulares. Esto no obstante, el reconocimiento público no ha querido confundir la jerarquía de cada uno de ellos, y así pone en el segundo lugar al poeta de Paros; pero eso es ocupar el primero, al tener únicamente por superior a Homero.