»En cuanto a las costumbres y la conducta, Arquíloco debía ser echado en la clase más vil de los hombres. Jamás se unieron talentos más sublimes a un carácter más atroz y depravado; manchaba sus escritos con expresiones licenciosas y pinturas lascivas, derramando en ellas con profusión la hiel con que su alma se complacía en alimentarse. Sus amigos, sus enemigos, los objetos infelices de sus amores, todo caía al impulso de los dardos sangrientos de sus sátiras, siendo lo más extraño que sepamos por él mismo estos hechos detestables, porque escribiendo la historia de su vida tuvo valor para contemplar a su satisfacción todos los horrores de ella, y la insolencia de exponerlos a la vista del universo.

»Toda la tierra está llena de monumentos empezados en las canteras del monte Marpeso. En estos subterráneos alumbrados con débiles luces, arranca con dolor un pueblo esclavo aquellos trozos enormes que brillan en los más soberbios edificios de la Grecia y hasta en la fachada del laberinto en Egipto. Hay muchos templos hermoseados de este mármol, porque dicen que su color es grato a los inmortales. Hubo un tiempo en que los escultores no empleaban otro: en el día le buscan con esmero, aunque no siempre corresponde a las esperanzas, porque las grandes partes cristalinas que lo forman deslumbran la vista con reflejos engañosos, y saltan a pedazos al golpe del cincel. Pero este defecto se resarce con otras cualidades excelentes, y en particular por su extremada blancura, a la cual los poetas hacen alusiones frecuentes, y a veces relativas al carácter de sus poesías.

»Separa a Naxos de la isla precedente un estrechísimo canal. Ninguna de las Cícladas puede igualarla en grandeza, y es tal su fertilidad que pudiera disputarla a la Sicilia. Dioniso preside en ella; Dioniso protege a Naxos y todo presenta aquí la imagen del beneficio y el reconocimiento. Los habitantes se apresuran a enseñar a los extranjeros el paraje donde las ninfas lo criaron. Cuentan las maravillas que obra en su favor, dicen que de él vienen las riquezas que hay en sus templos, y sus altares humean noche y día. Aquí sus homenajes se dirigen al dios que les enseñó el cultivo de la higuera; allí al dios que llenó sus viñas de un néctar robado a los cielos, y lo adoran bajo muchas advocaciones para multiplicar unos deberes que les son tan gratos.

»En las cercanías de Paros están Serifos, Sifnos y Milo. Para tener una idea de la primera de estas islas, figuraos muchas montañas escarpadas, áridas, y que no dejan, digámoslo así, en sus intervalos más que fosas profundas, donde los hombres desventurados ven continuamente suspensos sobre sus cabezas peñascos espantosos, monumentos de la venganza de Perseo; porque según una tradición tan ridícula como horrorosa para los serifeos, este héroe fue aquel que, armado con la cabeza de Medusa, transformó en otro tiempo a sus mayores en objetos horribles.

»A corta distancia de allí y bajo un cielo siempre sereno, figuraos campiñas esmaltadas de flores y siempre cubiertas de frutos, una mansión encantadora, donde el aire más puro alarga la vida de los hombres más de lo ordinario, y tendréis una débil imagen de las bellezas que ofrece Sifnos.

»La isla de Milo es una de las más fértiles del mar Egeo. El azufre y otros minerales escondidos en las entrañas de la tierra conservan allí un calor activo, y dan un gusto exquisito a todas sus producciones.

»Un filósofo natural de esta isla sublevó contra sí la Grecia entera negando abiertamente la existencia de los dioses: este era Diágoras, a quien deben los mantineos sus leyes y su felicidad. Suscitose contra él un grito general, y su nombre se oía como una injuria. Los magistrados de Atenas le citaron a su tribunal y le persiguieron de ciudad en ciudad, prometiendo un talento al que presentase su cabeza, dos a los que le entregasen vivo; y para perpetuar la memoria de este decreto, le grabaron en una columna de bronce. Diágoras, no encontrando ya asilo en la Grecia, se embarcó y pereció en un naufragio.

»Recorriendo con la vista una pradera, no se descubre ni siquiera una planta dañosa que mezcle su veneno entre las flores, ni flor modesta que se oculte bajo la hierba. Así, describiendo las regiones que forman una corona alrededor de Delos, no debo hablaros ni de los escollos esparcidos en sus intervalos, ni de muchas isletas cuyo brillo solo sirve para adornar el fondo del cuadro que se presenta a nuestra vista.

»La mar separa aquellos pueblos y el placer los reúne. Las fiestas que les son comunes los pintan ya en un pasaje y ya en otro, pero desaparecen tan pronto como empiezan nuestras solemnidades. Los templos inmediatos van a quedar desiertos: las divinidades que se adora en ellos permiten llevar a Delos el incienso que se les destinaba, y unas diputaciones conocidas bajo el nombre de Teorías, están encargadas de este glorioso empleo, llevando consigo coros de mancebos y de doncellas. Estos coros vienen de las costas de Asia, de las islas del mar Egeo, del continente de la Grecia, de las regiones más lejanas, y llegan al son de instrumentos con todo el aparato del gusto y de la magnificencia».

Al tiempo que Filocles acababa su relación, cambiaba la escena de cuando en cuando y se hermoseaba más y más. Habían salido ya de los puertos de Miconos y de Renea las flotillas que conducían las ofrendas a Delos, descubríanse en alta mar otras flotas; un gran número de buques de toda clase volaban por la superficie de las aguas y brillaban con mil colores diferentes: se les veía deslizarse y escapar de los canales que separan las islas, cruzarse, darse caza y reunirse: un viento fresco jugueteaba en sus velas teñidas de púrpura, y bajo sus remos dorados las olas se cubrían de una espuma que los rayos nacientes del sol penetraban con sus fuegos.