Más abajo, al pie de la montaña, inundaba la llanura una multitud inmensa cuyas filas cerradas ondeaban hacia todos lados como la mies agitada por los vientos, y el alborozo que la animaba hacía un ruido vago y confuso que sobrenadaba, digámoslo así, sobre este vasto cuerpo.

Las teorías de las islas de Renea y de Miconos esperaban bajo el pórtico del templo el momento para entrar en el lugar donde se celebraba la fiesta, y en breve vimos bajar tras de ellas, las de Cos y de Andros, seguidas de otras diputaciones solemnes que hacían resonar los aires con cánticos sagrados. Arreglaban en la misma ribera el orden de marcha, y se adelantaban lentamente hacia el templo con las aclamaciones de un pueblo que se agolpaba alrededor de ellas. Con sus homenajes presentaban juntamente al dios las primicias de los frutos de la tierra, y al salir del templo las llevaban a unas casas mantenidas a expensas de las ciudades cuyas ofrendas habían llevado.

En tanto se divisaba a lo lejos la teoría de los atenienses, casi toda escogida entre las familias más antiguas de la república. Presentose con todo el esplendor que era de esperar de una ciudad donde el lujo ha llegado al exceso, y al llegar ante la estatua del dios le ofreció una corona de oro valuada en mil quinientas dracmas (5029 reales vellón); a breve rato se oyeron los mugidos de cien bueyes que expiraban al golpe de las cuchillas de los sacerdotes. Luego que esta diputación acabó las ceremonias que motivaron su llegada al pie de los altares, nos condujeron a un banquete que daba el senado de Delos a los ciudadanos de esta isla a las márgenes del Inopo, y bajo la bóveda que formaban hermosas arboledas. Reinaba bajo aquel ramaje una alegría pura, bulliciosa y general, y cuando el vino de Naxos brincaba en las copas todos celebraban en voz alta el nombre de Nicias, general ateniense, que fue el primero que reunió al pueblo en aquellos sitios deliciosos, y señaló fondos para celebrar y para perpetuar este beneficio.

El resto del día se invirtió en espectáculos de otro género. Unas voces encantadoras se disputaron el premio de la música, y los brazos armados de manoplas, el de la lucha. El pugilato, el salto y la carrera de a pie llamaron sucesivamente nuestra atención. Habían trazado hacia el extremo meridional de la isla un estadio, alrededor del cual estaban sentados por su orden los diputados de Atenas, el senado de Delos y todas las teorías magníficamente vestidas. Esta brillante juventud era la imagen más fiel de los dioses reunidos en el Olimpo.

Duraron las fiestas muchos días, y repitiéronse muchas veces las corridas de caballos, y vimos otras tantas los buzos tan afamados de Delos, ya precipitarse al mar, ya bajar hasta los abismos o descansar en la superficie, y ya representar los combates y acreditar con su destreza la fama que han adquirido.

CAPÍTULO LXXV.

Ceremonias del matrimonio en la isla de Delos.

Filocles iba a casar con el joven Teágenes a su hija Ismenia, modelo de gracia y de virtud, y nosotros fuimos testigos de las ceremonias con que debía verificarse esta unión.

Empezaban a renacer en Delos el silencio y la calma, y los pueblos iban saliendo como un río que, después de haber inundado los campos, se retira insensiblemente a su madre. Los habitantes de la isla habían madrugado más que la aurora, se habían coronado de flores, y para hacer los dioses propicios al himeneo de Ismenia, ofrecían incesantemente sacrificios en el templo y delante de sus casas. Llegó el instante en que debía efectuarse el enlace, y todos estuvimos reunidos en casa de Filocles: abrieron la puerta de la estancia de Ismenia, y vimos salir a los dos esposos acompañados de sus padres y de un oficial público que acababa de extender el contrato del matrimonio.

Estábamos magníficamente vestidos con ropas que Ismenia nos había regalado, y el vestido que llevaba su esposo era obra de ella.