Ismenia tenía puesto un collar de piedras preciosas, y un ropaje en que el oro y la púrpura confundían sus colores. Tenían ambos el cabello suelto y perfumado de esencias, con coronas de adormideras, sésamos y otras plantas consagradas a Afrodita, y con este aparato subieron a un carro y fueron al templo. Ismenia llevaba a su esposo a la derecha, y a la izquierda a un amigo de Teágenes que debía acompañarle en aquella ceremonia.

A la puerta del templo, recibió a los esposos un sacerdote que presentó a cada uno una rama de yedra, símbolo de los lazos que debían unirlos para siempre, y luego los llevó al altar, donde todo estaba ya preparado para el sacrificio de una becerra que debía ofrecer a la casta Artemisa, a Atenea y a otras divinidades que jamás han sufrido el yugo del himeneo. Imploraban también a Zeus y a Hera, cuya unión y cuyos amores son eternos; al cielo y a la tierra, cuyo concurso produce la abundancia y la fertilidad; a las Parcas, porque está en sus manos la vida de los mortales; a las Gracias, porque hacen placenteros los días de los esposos; y en fin, a Afrodita, a quien el amor debe su nacimiento y los hombres su felicidad.

Los sacerdotes, después de haber examinado las entrañas de las víctimas, declararon que el cielo aprobaba este himeneo. Tomó luego Filocles la mano de Teágenes, la puso en la de Ismenia y pronunció estas palabras: «Yo os doy mi hija a fin de que deis a la república ciudadanos legítimos». Ambos esposos se juraron inmediatamente una fidelidad inviolable, y sus padres, después de haber recibido sus juramentos, los ratificaron con nuevos sacrificios.

Empezaba ya la noche a tender su manto por los aires, cuando salimos del templo para ir a casa de Teágenes, la cual estaba adornada de guirnaldas e iluminada por todas partes. Así que los esposos llegaron al umbral de la puerta, les pusieron por un instante en la cabeza unos canastillos de frutas, presagio de la abundancia de que debían gozar, y al mismo tiempo oímos repetir por todas partes el nombre de Himeneo, de aquel joven de Argos que devolvió en otro tiempo a su patria las doncellas de Atenas, arrebatadas por unos corsarios. Recibió, en premio de su celo, una de aquellas mismas cautivas, a quien amaba tiernamente, y desde entonces los griegos no celebran matrimonio alguno sin recordar su memoria.

Siguiéronnos estas aclamaciones hasta la sala del festín y continuaron durante la comida. Entonces algunos poetas que se habían introducido al mismo tiempo que nosotros entramos, recitaron varios epitalamios en obsequio de los esposos.

Acabado el festín, la madre de Ismenia encendió el hacha nupcial, y condujo a su hija a la habitación que le estaba preparada. Allí probaron los esposos una fruta cuya dulzura debía ser el emblema de su unión.

Entre tanto, nosotros, entregados a los arrebatos de una alegría excesiva, dábamos voces descompasadas y sitiábamos la puerta defendida por un amigo de Teágenes. Una cuadrilla de jóvenes danzaban al son de varios instrumentos, hasta que por último fue interrumpido este ruido por la teoría de Corinto que se había encargado de cantar el himeneo de la anochecida.

Al día siguiente, a la primera hora del día volvimos allá, y las doncellas de Corinto entonaron también su himeneo. Este día, que los esposos miraron como el primero de su vida, se empleó casi todo por su parte en gozar del tierno interés que los isleños se tomaban por su enlace, y se autorizó a todos sus amigos para hacerles regalos. Ellos mismos se los hicieron recíprocamente y recibieron en común los del padre de Teágenes.

Por la noche volvieron a Ismenia a casa de sus padres y, más bien para expresar sus verdaderos sentimientos que para conformarse al uso, manifestó la grave pena que sentía por haber dejado la casa paterna; al día siguiente volvió a reunirse con su esposo, y desde aquel momento, nada turbó su felicidad.

CAPÍTULO LXXVI.