Extendiose entonces Filocles sobre la necesidad de llamar en ayuda de nuestra razón y de nuestras virtudes una autoridad que sostenga su debilidad. Mostró hasta qué grado de poder puede elevarse un alma que, mirando todos los acontecimientos de la vida como otras tantas leyes emanadas del más grande y más sabio legislador, se ve obligada a luchar o contra el infortunio o contra la prosperidad.

«La antigua sabiduría de las naciones ha confundido, digámoslo así, entre los objetos del culto público a los dioses autores de nuestra existencia y a los padres autores de nuestra vida. Nuestros deberes con respecto a unos y otros están estrechamente unidos en los códigos de los legisladores y en los usos de las naciones. De aquí dimana aquella costumbre sagrada de los pisidios que empiezan sus comidas con libaciones en honor de sus padres, y de aquí también este hermoso pensamiento de Platón: Si la divinidad acepta el incienso que ofrecéis a las estatuas que las representan, ¡cuánto más gratos no deben ser a sus ojos y a los vuestros aquellos monumentos que conserva en vuestras casas, ese padre, esa madre, esos abuelos, en otro tiempo vivas imágenes de su autoridad, y actualmente objetos de su protección especial! No lo dudéis: aprecia a los que los honran, así como castiga a los que los descuidan o los ultrajan. Si se manifiestan injustos con vosotros, antes de prorrumpir en quejas, acordaos del consejo que el sabio Pítaco daba a un joven que demandó en juicio a su padre: “Si no tienes razón, te condenarán; y si la tienes, mereces que te condenen”.

»El amor a la patria es otro origen de felicidad. Amarla es hacer que esté respetada por fuera y tranquila por dentro. Las victorias o los tratados ventajosos la hacen respetar de las naciones, pero la observancia de las leyes y la conservación de las costumbres es lo único que puede consolidar su sosiego interior. Así pues, mientras que se oponen a los enemigos del estado generales y negociadores hábiles, es preciso oponer a la licencia y a los vicios, que propenden a destruirlo todo, leyes y virtudes que se dirijan a restablecerlo todo y a mantenerlo: de aquí nace aquella multitud de preceptos tan esenciales como indispensables para cada clase de ciudadanos y para cada ciudadano en particular.

»Oh vosotros que sois objeto de estas reflexiones; vosotros a quienes yo quisiera infundir todos los amores honestos, porque así seríais más felices, recordad a cada instante que la patria tiene derechos imprescriptibles y sagrados a vuestros talentos, vuestras virtudes, vuestros pensamientos y todas vuestras acciones, que en cualquier estado en que os halléis no sois más que unos soldados a su servicio siempre, obligados a velar por ella, y volar a su socorro al menor riesgo.

»Según la opinión de los filósofos más ilustrados, acabo de deciros que nuestros vínculos con los dioses, nuestros padres y la patria no son más que una cadena de deberes que nos interesa animar con el sentimiento, y que la naturaleza nos ha preservado para ejercitar y aliviar la actividad de nuestra alma. En ejercitarlos con ardor, es en lo que consiste aquella sabiduría de la que, según Platón, estaríamos locamente enamorados si se descubriese su belleza a nuestra vista.

»No crean que la felicidad de nuestra alma termine en las sensaciones deliciosas que encuentra en el resultado feliz de las artes y las ciencias, y en el goce de los placeres. Hay para ella otros manantiales de felicidad, no menos copiosos y perennes. Tal es la estimación pública, esta estimación que el hombre no puede prescindir de ambicionar, sin confesar que es indigno de ella; que únicamente se debe a la virtud que le resarce los sacrificios que ha hecho, y la sostiene en los reveses que padece; es nuestra estimación propia, privilegio el más hermoso que se ha concedido a la humanidad, la necesidad más pura en un alma honrada, la más viva en un alma sensible, sin la cual no se puede ser amigo de sí mismo, y con la cual se puede pasar sin la aprobación de los demás, si son muy injustos para negárnosla; tal es en fin la amistad; este sentimiento el más propio para hacer suavizar los disgustos de la vida.

»Casi todos los que hablan de este sentimiento, le confunden con las relaciones que son el fruto de la casualidad y la obra de un día. En el fervor de estas uniones nuevas ve uno sus amigos tales como quisiera que fuesen, y en breve se les ve tales como son en efecto. No son más acertadas otras elecciones, y en este caso se toma el partido de renunciar a la amistad, o lo que es igual, de variar de objeto a cada instante.

»Como casi todos los hombres pasan la mayor parte de su vida en no reflexionar, y la menor en reflexionar sobre los otros más bien que sobre ellos mismos, conocen poco la naturaleza de los enlaces que contraen. Si se atreviesen a meditar sobre la multitud de amigos de que algunas veces se creen rodeados, verían que estos amigos no están unidos a ellos sino por medio de apariencias engañosas. Esta perspectiva los llenaría de dolor, porque ¿de qué sirve la vida cuando no se tienen amigos? Pero este mismo dolor les obligaría a hacer una elección de que en lo sucesivo no tuviesen que arrepentirse.

»El genio, los talentos, la afición a las artes, las cualidades brillantes son muy gratas para el trato de la amistad, pues la animan y la adornan cuando está formada, mas no bastarían por sí mismas para prolongar su duración.

»La amistad únicamente puede fundarse en el amor a la virtud, en la bondad del carácter, en la conformidad de principios, y en cierta atracción que previene la reflexión y que esta después justifica.