»Si me propusiesen todas esas cuestiones que agitan los filósofos acerca de la amistad, si me pidiesen para conocer sus deberes y perpetuar su duración, entonces yo respondería: “Haced una buena elección, y descansad luego en vuestros sentimientos y los de vuestros amigos, porque la decisión del corazón es siempre más pronta y más ilustrada que la del entendimiento”.

»Hay otras relaciones que se contraen todos los días en la sociedad y que es útil cultivarlas: tales son las que se fundan en la estimación y el gusto, pues aunque no tengan los mismos derechos que la amistad, nos ayudan poderosamente a sobrellevar el peso de la vida.

»Jamás os aleje vuestra virtud de los honestos placeres adecuados a vuestra edad, y a las diferentes circunstancias en que os halláis. La sabiduría solo es amable y sólida por la feliz mezcla de las distracciones que permite y de los deberes que impone.

»Si a los recursos de que acabo de hablar añadís aquella esperanza que se introduce en las desgracias que experimentamos, hallaréis, Lisis, que la naturaleza no nos ha tratado con tanto rigor como se dice».

CAPÍTULO LXXVII.

Continuación del viaje a Delos. — Sobre las opiniones religiosas.

Interrumpió el discurso de Filocles un joven llamado Demofonte, a quien vimos conversar con un filósofo de la escuela de Elea, y habiéndose informado del asunto de que tratábamos: «No esperéis vuestra felicidad», nos dijo, «sino de vosotros mismos: yo también tenía mis dudas y acaban de aclarármelas. Sostengo, pues, que no hay dioses o que no se mezclan en las cosas de acá abajo».

«Hijo mío», respondió Filocles, «he visto muchos que, seducidos en tu edad por esa nueva doctrina, la han abjurado luego que no han tenido interés en sostenerla». Demofonte protestó que jamás se contradiría, y extendiose sobre los absurdos del culto religioso, insultando con desprecio la ignorancia del pueblo y mofándose de nuestras preocupaciones. «Escuchad», replicó Filocles, «nosotros no nos tenemos por infalibles, y por eso no debes tratar de humillarnos. Si estamos en el error, tu deber es el de ilustrarnos o compadecernos; porque la verdadera filosofía es dulce, compasiva y sobre todo modesta. Explícate claramente». «La naturaleza y el acaso», respondió el joven, «han ordenado todas las partes del universo, y la política de los legisladores ha sometido la sociedad a ciertas leyes. Estos misterios están ya descubiertos.

»Ahora bien», continuó Demofonte, «yo os pregunto si la sana moral podrá jamás estar conforme con una religión que únicamente propende a destruir nuestras costumbres, y si la suposición de un montón de dioses injustos y crueles no es la idea más extravagante que jamás ha podido caber en el entendimiento humano. Nosotros negamos su existencia; vosotros los habéis degradado vergonzosamente y sois más impíos que nosotros».

«Esos dioses», respondió Filocles, «son obra de nuestras manos, pues tienen nuestros vicios, y nos indignan más que a ti las debilidades que se les atribuye; pero si llegásemos a purificar el culto de las supersticiones que le desfiguran, ¿estarías dispuesto a dar a la divinidad el culto que le debemos?».