Demofonte. Probad que existe y que cuida de nosotros, y yo me postraré delante de ella.

Filocles. A ti te toca probar que no existe, pues niegas un dogma en posesión del cual están todos los pueblos desde tiempo inmemorial. Preguntas qué monumento atestigua la existencia de la divinidad, y yo respondo: el universo, el brillo deslumbrante y la marcha majestuosa de los astros, la organización de los cuerpos, la correspondencia de esa inmemorable cantidad de seres; en fin, ese conjunto y esos pormenores admirables que todos tienen el sello de una mano divina en que todo es grandeza, sabiduría, proporción y armonía, y añadiré el consentimiento de los pueblos, no para subyugar con la autoridad sino porque su persuasión, siempre conservada por la causa que la ha producido, es un testimonio incontestable de la impresión que han hecho siempre en los ánimos las bellezas encantadoras de la naturaleza.

»La razón, de acuerdo con mis sentidos, me manifiesta también el más excelente obrero en la obra más magnífica. Veo que anda un hombre, y de aquí deduzco que tiene interiormente un principio activo; sus pasos le conducen a donde quiere ir, e infiero que este mismo principio combina sus medios con el fin que se propone. Apliquemos este ejemplo. Toda la naturaleza está en movimiento, luego hay en ella un primer motor. Este movimiento está sujeto a un orden constante, luego existe una inteligencia suprema.

Demofonte. Estas pruebas no han contenido entre nosotros los progresos del ateísmo.

Filocles. Los debe únicamente a la presunción y a la ignorancia.

Demofonte. Los debe a los escritos de los filósofos. No ignoráis su modo de pensar sobre la existencia y la naturaleza de la divinidad.

Filocles. Se les tiene por sospechosos y se les acusa de ateísmo porque no respetan en nada las opiniones de la multitud, y porque aventuran unos principios cuyas consecuencias no prevén; porque explicando la formación y el mecanismo del universo servilmente adictos al método de los físicos, no llaman en su auxilio una causa sobrenatural. Los hay, aunque en corto número, que desechan formalmente esta causa, y sus soluciones son tan incomprensibles como insuficientes.

Demofonte. Se nos habla ya de un solo dios y ya de muchos; yo no veo pues, menos imperfecciones que opiniones en los atributos de la divinidad. Su sabiduría exige que ella mantenga el orden sobre la tierra, y sin embargo triunfa en ella el desorden. Es justa y yo padezco sin merecerlo.

Filocles. Desde el origen de las sociedades, se supuso que cuidaban de la administración del universo unos genios colocados en los astros; y viendo que parecían revestidos de gran poder, obtuvieron los homenajes de los mortales y se olvidaron casi en todas partes de adorar al soberano por rendir adoración a sus ministros. A pesar de esto, se conserva siempre su memoria entre los hombres y de ello encontrarás huellas más o menos conocidas en los más antiguos monumentos, y testimonios más formales en los escritos de los filósofos modernos. Véase la preeminencia que Homero concede a uno de los primeros objetos del culto público. Zeus es el padre de los dioses y de los hombres. Recorre la Grecia, y encontrarás al Ser único adorado en Arcadia desde tiempos remotos, bajo el nombre del Dios bueno por excelencia; en muchas ciudades, bajo el del Altísimo o Grandísimo.

»Escucha después a Timeo, Anaxágoras y Platón: el Dios único es quien ha ordenado la materia y producido el mundo. Escucha a Antístenes, discípulo de Sócrates: son adoradas muchas divinidades entre las naciones, pero la naturaleza solo indica una sola. Escucha en fin a los de la escuela de Pitágoras. Todos han considerado el universo como un ejército que se mueve a voluntad del general, como una vasta monarquía en que la plenitud del poder reside en el soberano.