Demofonte. Si el orden del universo emana de un Dios único, ¿por qué hay tantas desgracias y crímenes en la tierra? ¿Dónde está su poder, si no puede impedirlos? ¿Dónde su justicia, si no quiere?
Filocles. Ya me esperaba esta objeción que en todos se ha hecho y hará, y que es la única que se puede oponer. Si todos los hombres fuesen felices, no se rebelarían contra el autor de sus días; pero ellos padecen a su vista, y parece que él los abandona. Aquí mi razón confusa consulta a las tradiciones antiguas, y todas deponen a favor de una providencia. Pregunta a los sabios, y casi todos están de acuerdo sobre el fondo del dogma, pero titubean y están discordes en el modo de explicarlo. Hay algunos que dejan caer sobre estas tinieblas un rayo de luz que las ilumina. ¡Débiles mortales!, exclaman; cesad de mirar como males verdaderos la pobreza, la enfermedad y las desdichas que os vienen de afuera; estos accidentes que vuestra resignación puede convertir en beneficios, no son más que la consecuencia de las leyes necesarias a la conservación del universo. Entráis en el sistema general de las cosas, pero no sois más que una parte. Fuisteis ordenados al todo y el todo no fue ordenado a vosotros.
»Así pues, todo está bien en la naturaleza, excepto en la clase de seres donde todo debería estar mejor. Los cuerpos inanimados siguen sin resistencia los movimientos que se les imprime. Los animales, privados de razón, se entregan sin remordimiento al instinto que los arrastra. Los hombres son los únicos que se distinguen tanto por sus vicios como por su inteligencia. ¿Obedecen a la necesidad, como el resto de la naturaleza? ¿Por qué pueden resistir a sus inclinaciones? ¿Por qué recibieron estas luces que los extravían, este deseo de conocer a su autor, estas nociones del bien, estas preciosas lágrimas que les arranca una bella acción, este fin el más funesto (si no es el más bello de todos), cual es el de enternecerse por las desgracias de sus semejantes? A la vista de tantos privilegios que los caracterizan esencialmente, ¿no deben deducir que Dios, por vías que no está permitido a nosotros sondear, ha querido hacer fuertes pruebas de la facultad que tienen de deliberar y de elegir? Sin duda, si hay virtudes en la tierra, también hay en el cielo una justicia. El que no paga un tributo a la regla, debe una satisfacción a la regla. Empieza su vida en este mundo y la continua en una mansión en la que el inocente recibe el premio y el culpable expía sus crímenes hasta que se haya purificado.
»Ve aquí, Demofonte, el modo con que nuestros sabios justifican la providencia. No conocen otro mal que el vicio para nosotros, ni otro desenlace al escándalo que produce que un porvenir en que todas las cosas estarán en su lugar. Preguntar ahora por qué Dios no lo impidió desde el principio es preguntar por qué se ha hecho el universo según sus miras y no según las nuestras.
Demofonte. La religión no es más que un tejido de ideas pequeñas, de prácticas minuciosas.
Filocles. Ya he dicho que el culto público está torpemente desfigurado, y que mi objeto era exponerte sencillamente las opiniones de los filósofos que han reflexionado sobre las relaciones que tenemos con la divinidad. Duda de estas relaciones, si eres tan ciego que no las conoces; pero no digas que es degradar nuestras almas el separarlas de la masa de los seres, darles origen y destino el más brillante, y establecer entre ellas y el Ser supremo una comunicación de beneficio y de reconocimiento. ¿Quieres una moral pura y celestial que eleve tu espíritu y tus sentimientos? Estudia la doctrina y la conducta de Sócrates que únicamente vio en su sentencia, su prisión y su muerte los decretos de una sabiduría infinita, y no se dignó de abatirse hasta quejarse de la injusticia de sus enemigos. Contempla al mismo tiempo con Pitágoras las leyes de la armonía universal, y pon esta pintura ante tus ojos; regularidad en la distribución de los mundos, regularidad en la distribución de los cuerpos celestes, concurso de todas las voluntades en una sabia república, concurso de todos los movimientos en una alma virtuosa; todos los seres trabajando de acuerdo en la conservación del orden, y el orden conservando el universo y sus menores partes; un Dios autor de este plan sublime, y unos hombres destinados a ser por sus virtudes sus mismos cooperadores. Jamás hubo un sistema en que tanto resplandeciese el genio: nunca hubo cosa que diese idea más alta de la grandeza y la dignidad del hombre.
CAPÍTULO LXXVIII.
Continuación de la biblioteca de un ateniense. — La poesía.
Llevé al joven Lisis a casa de Euclides, y entramos en una pieza de la biblioteca que únicamente contenía obras de poesía y de moral, unas muy numerosas y otras en corto número; quedose Lisis sorprendido de esta desproporción, y Euclides le dijo: «Bastan pocos libros para instruir a los hombres, y se necesitan muchos para divertirlos». Enseñonos luego las obras que han salido a luz en diferentes épocas, bajo los nombres de Orfeo, de Museo, de Tamiris, de Lino, de Antetes, Panfo, Olén, Ábaris, Epiménides, etc. Unas no contienen más que himnos sagrados y lamentaciones; otras tratan de los sacrificios, de los oráculos, de las expiaciones y de los encantamientos. En algunas, y particularmente en el ciclo épico que es una recolección de tradiciones fabulosas, están descritas las genealogías de los dioses, la guerra de los titanes, la expedición de los argonautas y las guerras de Tebas y de Troya. Como la mayor parte de estas obras no son de los autores cuyos nombres tienen al frente, Euclides descuidó ponerlas en un orden determinado.
En seguida estaban las de Hesíodo y de Homero: este último estaba escoltado, digámoslo así, de un cuerpo terrible de intérpretes y de comentadores. A su ejemplo muchos poetas intentaron cantar la guerra de Troya, siendo uno de ellos Lesques, que empezó su obra con estas palabras enfáticas: Yo canto la fortuna de Príamo y la guerra famosa, etc. El mismo Lesques en su Pequeña Ilíada y Diceógenes en sus Ciprios describieron todos los acontecimientos de esta guerra. Los poemas de la Heracleida y de la Teseida no omiten ninguna de las hazañas de Heracles y de Teseo. Estos autores nunca conocieron la naturaleza de la epopeya y, no obstante, estaban puestos a continuación de Homero, y se perdían entre sus rayos, así como se pierden las estrellas entre los del sol.