Había tratado Euclides de reunir todas las tragedias, comedias y sátiras que desde doscientos años atrás se habían representado en los teatros de Grecia y de Sicilia. Tenía unas tres mil, y su colección no era completa.

Yo conté varias veces cien piezas que venían todas de una misma mano. «Los mimos», me dijo, «no fueron en su origen, más que farsas o sátiras que se representaban en el teatro. Después se ha transmitido su nombre a los pequeños poemas que ponen a la vista del lector aventuras particulares.

»Por su objeto se acercan a la comedia, pero se diferencian por la falta de enredo, y algunas por una licencia extremada. Hay algunas en las que reina un chiste fino y decente». Entre los que Euclides había reunido, encontré los de Jenarco y de Sofrón de Siracusa: estos últimos eran las delicias de Platón que, habiéndolos recibido de Sicilia, los dio a conocer a los atenienses.

«Antes del descubrimiento del arte dramático», nos dijo también Euclides, «los poetas, a quienes la naturaleza concedió una alma sensible y negó el talento de la epopeya, ya trazaban en sus pinturas los desastres de una nación o las desventuras de un personaje de la antigüedad, ya lamentaban la muerte de un pariente o de un amigo, y ya aliviaban su dolor entregándose a él. Sus cantos lastimeros, casi siempre acompañados de la flauta, fueron conocidos bajo el nombre de elegías o lamentaciones.

»Este género de poesía sigue una marcha comúnmente irregular; quiero decir que el verso de seis pies y el de cinco se suceden en él alternativamente. Su estilo ha de ser sencillo, las expresiones fogosas, pero sin imprecaciones ni género alguno de desesperación.

»La elegía puede aliviar nuestros males cuando experimentamos la desgracia, y ha de inspirarnos valor cuando estamos próximos a ella. Entonces toma un tono más vigoroso y, haciendo uso de imágenes las más fuertes, nos hace avergonzar de nuestra cobardía y envidiar las lágrimas derramadas en los funerales de un héroe muerto en defensa de la patria. Así es como Tirteo reanimó el ardor apagado de los espartanos, y Calino el de los habitantes de Éfeso.

»Cansada en fin de lamentarse de las calamidades harto reales de la humanidad, la elegía tomó a su cargo el expresar los tormentos del amor, y muchos poetas le debieron un brillo que resalta en favor de sus queridas. Las gracias de Batis se ven a cada instante celebradas por Filetas de Cos que, siendo aún joven, se ha adquirido una justa reputación. Dicen que su cuerpo es tan delgado y tan débil que para resistir a la violencia del viento tiene que ponerse en el calzado unas soletas de plomo o unas bolas del mismo metal. Los habitantes de Cos envanecidos con sus progresos, le han consagrado una estatua de bronce bajo un plátano».

Había en los estantes muchos himnos en honor de los dioses, odas a los vencedores en los juegos de la Grecia, églogas, canciones y varias piezas sueltas.

«La égloga», nos dijo Euclides, «ha de pintar las dulzuras de la vida pastoril. Los pastores, sentados en el césped a las márgenes de un arroyo, en la falda de una colina, a la sombra de un árbol antiguo, ya conciertan sus caramillos con el murmullo de las aguas y del céfiro, ya cantan sus amores y sus contiendas inocentes, sus rebaños y los tiernos objetos que los rodean.

»El origen de este género de poesía debe buscarse en Sicilia, donde el pastor Dafnis concibió la primera idea de él, y después lo perfeccionaron dos poetas del mismo país, Estesícoro y Diomo.