»La égloga por falta de movimiento y variedad jamás lisonjeará nuestro gusto tanto como aquella poesía en que el corazón se explaya en el instante del placer y en el de la pena; hablo de las canciones, cuyas diferentes especies conocéis. Las he dividido en dos clases: la una contiene las canciones de mesa, la otra las que son peculiares de ciertas profesiones, tales como las de los segadores, los vendimiadores, las espigadoras, los molineros, los cardadores, los tejedores, las nodrizas, etc.

»La embriaguez del vino y del amor, de la alegría y el patriotismo caracteriza a las primeras. Exigen un talento particular; los que le deben a la naturaleza no necesitan precepto alguno, y en cuanto a los demás, serían inútiles. Píndaro ha compuesto canciones para beber, pero siempre se cantarán las de Anacreonte y de Alceo. En la segunda especie de canciones, la relación de los trabajos se endulza con el recuerdo de ciertas circunstancias o con el de las ventajas que proporcionan. Oí una vez a un soldado medio borracho que cantaba una canción marcial, de cuyas palabras no me acuerdo pero este era el sentido: “Una lanza, una espada, un escudo, ved aquí todo mi haber; con la lanza, la espada y el escudo tengo tierras, mieses y vino: he visto gentes que postradas a mis pies me llamaban su soberano y su señor, porque no tenían ni espada ni escudo”.

»Antes de pasar adelante, debo hacer mención», dijo Euclides, «de un poema en que comúnmente brilla el entusiasmo del que hemos hablado. Son los himnos de Dioniso, conocidos con el nombre de ditirambos. Es preciso estar en una especie de delirio para componerlos y cuando los cantan, porque están destinados a dirigir las danzas vivas y turbulentas, ejecutadas comúnmente en corro.

»Este poema se reconoce fácilmente en las propiedades que lo distinguen de los demás. Para pintar a un mismo tiempo las cualidades y las relaciones de un objeto, muchas veces se permite reunir muchas palabras en una sola, y de esto suelen resultar expresiones tan voluminosas que cansan el oído, y tan ruidosas que conmueven la imaginación. Las metáforas que parece que no tienen entre sí conexión alguna se suceden sin seguirse; el autor que va siguiendo a saltos impetuosos ve el enlace de los pensamientos y descuida el indicarlo. Ya se desentiende de las reglas del arte, ya emplea diferentes medidas de versos y diversas especies de modulaciones».

En seguida vi una colección de versos improvisados, de enigmas, de acrósticos, y de toda especie de grifos o acertijos. En las últimas páginas había dibujado un huevo, un altar, un hacha de dos filos, y las alas del amor. Examinando detenidamente estos dibujos, advertí que eran piezas de poesía compuestas de versos cuyas diferentes medidas indicaban el objeto que por diversión habían querido representar. En el huevo por ejemplo, los dos primeros versos eran de tres sílabas cada uno; los siguientes iban creciendo hasta cierto punto, desde el cual, menguando con la propia proporción que habían aumentado, terminaban en dos versos de tres sílabas como los del principio. Simias de Rodas acababa de enriquecer la literatura con estas producciones tan pueriles como laboriosas.

CAPÍTULO LXXIX.

Continuación de la biblioteca. — La moral.

«La moral», nos dijo Euclides, «no era en otro tiempo más que un tejido de máximas. Pitágoras y sus primeros discípulos la unieron a principios muy superiores a los espíritus vulgares, e hicieron de ella una ciencia. Sócrates, persuadido de que hemos nacido más para obrar que para pensar, se sujetó más a la práctica que a la teoría. Desechó las nociones abstractas, y bajo este punto de vista se puede decir que hizo descender la filosofía a la tierra. Sus discípulos explicaron su doctrina, y algunos la alteraron con ideas tan sublimes que hicieron subir la moral al cielo. La escuela de Pitágoras creyó deber renunciar alguna vez a su lenguaje misterioso para ilustrarnos acerca de nuestras pasiones y nuestros deberes; y esto es lo que ejecutaron, con feliz éxito, Teages, Metopo y Arquitas, cuyos diferentes tratados se encuentran aquí mismo».

Voy a referir ahora algunas observaciones que Euclides había sacado de muchas obras que tuvo la curiosidad de reunir.

La palabra virtud en su origen no significa más que la fuerza y el vigor del cuerpo, y en este sentido dijo Homero la virtud de un caballo, y se dice todavía la virtud de un terreno. En adelante esta palabra significó lo que hay más estimable en un objeto; y hoy día se valen de ella para expresar las cualidades del entendimiento, y aún más las del corazón.