La representación de El rey Lear ha renovado la discusión sobre la teatralidad de las obras de Shakespeare; esto es: si son mejor para leídas que para representadas. Desde muy antiguo, los admiradores literarios de Shakespeare están contra la representación. Carlos Lamb, uno de los mayores idólatras del gran autor, se lamentaba del deplorable efecto que le había producido la representación de este mismo Rey Lear, representado ahora en Madrid por Garavaglia. «La figura del rey Lear no cabe en la escena—decía;—sus proporciones son demasiado gigantescas.» Ceguedad de idólatra; porque yo creo que jamás obras dramáticas fueron tan obras de teatro como las de Shakespeare. Lo que hay es que pesa demasiada crítica literaria sobre ellas, y que cualquier auditorio moderno, al juzgarlas, como cualquier actor de nuestros días, al representarlas, se empeña en buscarles, como suele decirse, tres pies al gato. Las obras de Shakespeare siguen siendo lo que fueron en su tiempo: obras para un público popular, un público de emoción. La literatura apenas tiene que ver con ellas. Los asuntos de todas sus obras son como cuentos populares, á los que no es difícil hallar correspondencia en todos los tiempos y en todos los países. Esta historia del rey Lear, ¿no es el eterno cuento de las tres hijas de un rey; las mayores, perversas, y la menor, dechado de perfecciones; la menor, perseguida por la maldad de sus hermanas, hasta que triunfa, al fin, por el poder de sus virtudes? Tragedia para los corazones más que para las inteligencias. Tragedia que lo mismo comprende el rey que haya dividido sus Estados entre sus hijos, que el pobre labriego que les haya repartido sus tierras y después padezca la ingratitud y el abandono de sus hijos.

En cuanto á la decantada psicología de los personajes de Shakespeare, ¿puede haber nada más sencillo, más infantil? Son los actores los que se empeñan, según frase del mismo Shakespeare, en dorar el oro, en pintar la azucena y en endulzar lo dulce. Actores ingenuos que se limitaran á decir su papel, con la natural emoción en algunos momentos, obtendrán mayor efecto que estos críticos alambicadores actores modernos. La Duse era la sencillez misma en Cleopatra, y quien la recuerde en esta obra ¿no cree recordar á la misma reina de Egipto?

La crítica literaria tampoco se ha fijado en El rey Lear más que en un solo aspecto del drama: la ingratitud de las dos hijas mayores del rey. Por eso les parece esta tragedia de un pesimismo desolador. Pero adviértase que la ingratitud de las dos hijas del rey Lear es justo castigo de su injusticia al repartir su reino. Como el viejo rey, todos somos alguna vez injustos en nuestra generosidad y en nuestro cariño. Hallamos siempre buenas razones para recompensar á quien nos halaga, y la verdad de un sincero afecto nos parece falta de cariño.

En pocos dramas resplandece la idea de justicia tan alta como en El rey Lear. Solo que la justicia de Shakespeare no es la de un autor de melodramas ó de folletines; no es tampoco justicia de directora de colegio que premia con dulces ó estampistas, y castiga privando del recreo; es justicia como la de Dios: la muerte es igual para todos; para todos es igual el dolor. Nuestra conciencia es la que dice que no es igual morir como Regania y Gonerila que morir como Cordelia. Y el que diga «¡qué atrocidad! Todos mueren lo mismo: los buenos y los malos...», ese ni puede comprender á Dios ni puede comprender á Shakespeare.


XII

A la carta abierta que me dirige Caramanchel sólo he de contestar que, al referirme á la crítica, tratándose de El rey Lear, no me refería á la crítica de actualidad, sino al conjunto de críticas referentes, á las obras de Shakespeare. En todas ellas la excepción, por ser excepción, confirma la opinión general, se considera al rey Lear como víctima de sus dos hijas mayores, sin tener para nada en cuenta la desconsiderada conducta del rey con su hija menor, Cordelia. Regania y Gonerila son odiosas; pero es mucho cuento que sobre ellas caiga toda la culpa de las desdichas de su padre. Yo siempre he sentido cierta simpatía por Judas y por Pilatos cuando, en los sermones de Semana Santa, caen sobre ellos, desde esos púlpitos, los mayores improperios y los más terribles anatemas. No puedo por menos de considerar que si todo lo que sucedió en la Pasión y Muerte de Jesús estaba así ordenado; si Jesús sabía de antemano que Judas había de venderle y Pilatos entregarle al pueblo judío, Judas y Pilatos fueron víctimas del papel que les había tocado en suerte, y no hay para qué insultarlos cuando, sin su intervención, no hubieran podido cumplirse las Escrituras. Y ahí es nada; siendo Escrituras y cosa del pueblo judío, ¿cómo habían de dejar de cumplirse? Buenos son los judíos para no hacer cumplir sus escrituras. Del mismo modo Regania y Gonerila me inspiran compasión en fuerza de verlas tan maldecidas.

En cuanto á que nada nuevo puede decirse de Shakespeare y de sus obras, la crítica universal es buena demostración de lo contrario. Continuamente se publican estudios biográficos y críticos que aportan nuevos é interesantes datos al copioso caudal de la literatura shakespiriana.

Lo del carácter infantil y la sencilla psicología de los personajes de Shakespeare no lo dije como reproche, antes como excelencia de sus obras. Pero ¿hay nada más sencillo que la psicología de Otello? ¿Nada más infantil que su credulidad ante las burdas maquinaciones de Yago? ¿Hay nada más infantil que la conducta de Yago? Un malvado que nos avisa él mismo de que es un malvado. ¿Hay nada más infantil que Romeo y Julieta? Ni sería bien que fuera de otro modo. El mismo Hamlet, considerado como prototipo de la complejidad psicológica, ¿hay nada más ondulantemente rectilíneo, valga el contrasentido? No soy en nada opuesto, antes muy partidario, de las polémicas literarias, cuando se entablan sin animosidad personal y con la cortesía que Caramanchel no olvida nunca aun en sus críticas más apasionadas.