Respecto á Garavaglia, yo sólo quise hacer constar que si un actor español hubiera representado el Hamlet tan desdichadamente como el actor italiano, la rechifla hubiera sido soberana. Aparte las mutilaciones y alteraciones del texto, no justificadas por conveniencias escénicas, dígase qué momento de acierto tuvo Garavaglia en toda la obra. Falsa y en oposición con el texto su llegada á las murallas del castillo de Elsingor, cuando viene á esperar la aparición de su padre. Se presenta poseído ya del mayor espanto, y el texto indica, por lo contrario, que Hamlet, natural ó forzadamente, habla de cosas triviales como para distraer su pensamiento. Con el modo de entender Garavaglia la situación, además de tener que mutilar el texto, el momento de la aparición pierde toda su terrible grandeza.
Además, dado el carácter de Hamlet, que, aun después de ver y de oir al espectro de su padre, duda de la realidad de la aparición, debe llegar á las murallas del castillo creyendo que el espectro no ha de aparecerse; por eso mismo es mayor su espanto al verle aparecer.
Por este orden, pudiera citar caprichosas interpretaciones en cada situación de la obra. Sin duda Garavaglia estudió esta obra más cuidadoso de producir un efecto momentáneo de originalidad, de sugestión sobre el público. Si valiera mi consejo, yo le diría á Garavaglia con toda lealtad que, por algún tiempo, debiera dejar de representar el Hamlet y estudiarlo de nuevo, más atento al texto original que á los efectismos teatrales. Así hizo Talma muchas veces cuando creyó haberse equivocado en la interpretación de una obra.
Si los tiempos fueran de creer en presagios y en agüeros, bien podía dar qué pensar á los mejicanos la espantosa sacudida de terremotos que ha sucedido á la caída de D. Porfirio «Imperator». Quiera Dios, y quieran también los mejicanos, que esos materiales terremotos no sean anuncio de otras sacudidas en el orden público, económico y político de la que fué de nombre gran República y ahora puede serlo de nombre y de hecho. Aun no es llegado el día en que la fiel balanza de la Historia pueda pesar los méritos y las culpas de D. Porfirio. Como todos los grandes tiranos, fué la paz á su hora. Achaque es de todos los tiranos no conocer la hora en que ha de empezar á ser la justicia. Llegan á la suprema dictadura en momentos de perturbación de la conciencia pública; impone el orden, más que su propia fuerza, la misma fuerza del desorden, que ha llegado á ser intolerable, y no aciertan á darse cuenta como Chantecler, de que ellos sólo fueron el gallo que cantó á la hora de salir el sol, pero el sol no estaba sujeto á su quiquiriquí. La eterna historia de todos los tiranos; pero mala maestra debe ser la Historia cuando ninguno aprovecha sus avisos ni sus enseñanzas.
Alguien dirá que Méjico debía alguna gratitud á D. Porfirio, y que los mejicanos acaso debieron respetar su ancianidad, dejándole morir en su sitio. Los mejicanos responderán que también D. Porfirio debió respetar la mayor edad de Méjico. Es error de padres severos creer que los hijos son siempre niños. No aprendemos á calcular por nuestra edad la edad de los que hemos visto nacer. La dictadura había envejecido; el pueblo había dejado de ser niño. Esperemos que, en pleno uso de su razón, sepa justificar que puede gobernarse por sí solo.
En cuanto á D. Porfirio, bien pueden quedarle muchos años de vida para meditar en la realidad lo que no supo aprender en la Historia.
En una casa del mejor tono se celebra una suntuosa fiesta. De pronto, uno de los invitados se acerca al señor de la casa, dando muestras del mayor disgusto.
—Yo no hubiera querido decirle á usted nada; pero es tan horrible... Usted no puede saber quién es todo el mundo; recibe á tanta gente... Pero debe usted saberlo: aquel caballero, al parecer, tan distinguido...