El día en que Portugal comprendiera su verdadero interés nacional, no miraría con recelo á nuestra frontera; borrada quedaría de tal modo, que no volviera á saberse dónde empezaba Portugal y dónde acababa España. Cosas son éstas en que el tiempo trabaja más que los hombres. Ni es justo pedir, aunque para bien de todos sea, que ellos sólo sean á enmendar errores que fueron nuestros.
En rigor, es fuerte cosa para una empresa, aun á cambio de positivas ventajas, exigirle el contrato de determinados artistas, entregándola, así, atada de pies y manos á sus exigencias. Con muy buen acuerdo, el Ayuntamiento se ha limitado á recomendar, sin imposición, el contrato de una primera actriz para la compañía del teatro Español.
Bien están las estrellas y los luceros, y aun los soles; aunque en el cielo teatral es difícil ver una ordenada república de estrellas, como decían los autores del siglo de oro.
Astros de primera magnitud no faltan en la compañía. Todos sabemos lo que vale Borrás. Los que no lo saben aún, se enterarán de lo que vale Codina. Hay otros actores muy estimados por el público madrileño. Entre las actrices... todas son estrellitas. Alguna hay de quien yo espero mucho, si le dan ocasión y mimbres. No he de nombrarla. El público no la conoce en todo su valor. Téngola por una de las más discretas actrices españolas. ¿Discreta, es poco? ¡Ay, señor; si las eminencias fueran discretas, ya nos contentaríamos! ¡Ser discreto, según va el mundo—diremos, parafraseando á Hamlet,—es como ser elegido uno entre mil.
XVI
Bien mirado, había que agradecer á los franceses el trabajo que se toman por la conquista de Marruecos, como antes se lo tomaron por la de Argelia. De ellos puede decirse: Sic vos non vobis... Porque si el verdadero y magno problema de Francia es la disminución constante y progresiva en el nacimiento de ciudadanos franceses, ¿para qué diablos querrá aumentar la extensión de sus territorios?
Si se considera también el espíritu poco aventurero de los franceses, su apego á Francia—dicho sea en honor de ella,—su mal arte para comerciar fuera de su casa, ¿no les vendrá á suceder, después de darse tan malos ratos y de indisponerse, sin necesidad, con estos pobres vecinos y, necesariamente, acaso con otros de más campanillas, que, cuando dueños en absoluto del Imperio marroquí, puedan exclamar: ¡Al fin, solos!, tan solos sea que, como en Argelia, la agricultura y los oficios vengan á ser de los españoles, y el comercio, como en todo el mundo, de los alemanes? Sin contar con los indígenas, que seguirán reproduciéndose, como si hubieran leído Fecundidad, de Zola, que no se escribió para ellos, precisamente. Y, hay que desengañarse, el porvenir será de quien más hijos tenga; aunque sean muy brutos; tiempo habrá de educarlos.