Lo que no sabemos es si es preferible vivir de brutos ó morir de civilizados. Hay quien piensa que lo importante es vivir, aunque se viva mal. Es decir, los brutos no suelen vivir mal; lo desagradable es que no dejan vivir bien á los inteligentes. Entre el contador de las gentes civilizadas y el caño libre de las incultas, siempre llevarán las de perder los civilizados. A mí me asusta pensar que, si á muchas personas de regular posición, se les dijera: ¿Por qué no tiene usted un perro danés en su casa?, la mayor parte contestaría: ¡Hombre! Porque un perro de ese tamaño se come lo menos dos pesetas diarias. Y esos mismos que tasan la alimentación del perro en lo justo, con la mayor inconsciencia se llenan de hijos, que, por lo visto, cuestan menos de mantener que los perros.
Entre el exceso de previsión á la francesa y la imprevisión de otros pueblos y de otras razas, ¿no habría un buen término medio? La Iglesia católica no sabe de ellos. O aconseja la castidad absoluta ó, una vez en faena matrimonial, cuantos más cristianitos, mejor. La potestad civil también está por que se aumente el número de ciudadanos, sea como sea; todos son buenos, los legítimos y los naturales. Por leyes económicas y por otras muchas leyes restrictivas del matrimonio, se diría que más favorece el nacimiento de los naturales. En cuanto á la Naturaleza, ¡tan maestra, tan sabia! ¡Oh! Ella sabe más que todos.
Recuerdo de una gata que tuvo de una vez siete gatitos. La más vulgar precaución aconsejaba que se le quitaran tres ó cuatro, por lo menos. Pero, ¡eran todos tan lindos y traían tantas ganas de vivir! Y ¡era tan cruel sentirse Providencia y decidir entre unos y otros!
Alguien dijo:—¿Por qué no dejarlos todos? Por algo han nacido. No hay que enmendar á la Naturaleza.
A los ocho días todos los gatitos habían muerto y la madre también, extenuada. En efecto; no hay que enmendar á la Naturaleza; ella sola se basta para enmendarse.
¡Oh, mi querida y amable lectora! Al protestar contra alguna ligera broma que me he permitido alrededor del Congreso Eucarístico, me dice usted que, hablar mal de la Religión, no es de buen gusto. No lo crea usted, según como se habla. Además, conozco demasiado esa tecla del buen gusto, para saber lo que significa tocada por ustedes. Y, si por no tomarles á ustedes en serio, he de pasar por persona de mal gusto, desde ahora me declaro cursi y hasta ordinario, como ustedes prefieran. Ya sé yo que esto del descreimiento no está muy bien visto, ni le coloca á uno en sociedad, como en otros tiempos, cuando los descreídos se llamaban Voltaire y Federico el Grande, y las más bellas y nobles damas se prendían graciosamente con un tanto de volterianismo.
Pero nada tema usted; las bromas ligeras de las cuatro personas de mal gusto que nos las permitimos, poniéndonos á mal con nuestros intereses, no perturban en lo más mínimo el espíritu de los creyentes.
Al que más y al que menos le va un sueldo ó una prebenda. ¡Valladar inexpugnable contra la duda!