Pero, ¡son ustedes de tanto cuidado y conviene tanto no perderles de vista! Ahora mismo, entre el furor de sus preces, ¿no han deslizado ustedes, mansamente, no sé que proposiciones de leyes, derechamente torcidas, como todas sus intenciones, contra la libertad de la Prensa y la libre emisión del pensamiento?

¡Sí que son ustedes para dejarles de la mano!

En los asuntos mismos de Marruecos: ¿no convendría poner en claro hasta dónde el interés patriótico y dónde empiezan otros intereses de algunas Ordenes religiosas, que, como Calipso, de la partida de Ulises, no pueden consolarse de la pérdida de las Filipinas, y acaso sueñan con que les conquistemos otras para su particular disfrute? Y eso no, mi querida y amable lectora; sea lo que podamos obtener ó conquistar en Marruecos, del soldado, del agricultor, del comerciante, del doctor Maestre, que bien se lo habrá ganado y otros lo gobernarían peor... Pero nada de frailes, en comunidad ni sueltos. Una cosa es continuar la Historia y otra repetirla.


XVII

Aquella Theroigne de Mericourt, intrépida amazona de la Revolución francesa, que, á consecuencia de una formidable azotina, administrada en público y á lo pajarero, se volvió loca de remate, bien parece un símbolo de lo que años después y por muy parecidos motivos había de sucederle á Francia.

¡Lástima de nación! Desde que, para desgracia de todo el mundo latino, fué derrotada por Alemania, apenas ha vuelto á dar señales de juicio. Ella, la encantadora, la atractiva, la adorable, se tornó hosca y atrabiliaria. Nos entristeció la vida con una literatura y un arte, que en futuras historias literarias se llamará de la derrota. Su delirio persecutorio tuvo su crisis aguda y terrible en aquel asunto Dreyfus, aun palpitante con el nombre de cuestión judía. ¿No es una pena ver renovarse, en la nación que debía ser faro del mundo civilizado, cuestiones de la Edad Media, y en la moderna, patrimonio de pueblos atrasados como Rusia? Con la inquietud y el malestar de su derrota, con el dolor de su mermado territorio, la nación que fué siempre más generosamente romántica en su política, á última hora y en plena República democrática se vé atacada de furia conquistadora y pone en juego artimañas y habilidades políticas, desacreditadas ya en todo el mundo, hasta en Inglaterra. Por fortuna, ya va siendo verdad práctica y practicada, que la honradez es la mejor política. Honesty is the best policy, que han dicho siempre los ingleses, por si los demás gustaban de practicarlo. Pero en estos últimos tiempos hay que convenir en que no son los ingleses los que se creen llamados á intervenir para poner orden en los desórdenes interiores de cualquier pueblo.

Y ahora, la conducta de Francia con España, ¿puede justificarse de ningún modo? Eramos buenos para tapadera de codicias; somos un estorbo á la hora en que se destapan. Mal corresponde, mal ha correspondido siempre Francia á nuestra debilidad por ella. Porque lo cierto es que nunca hemos podido odiarla; hemos sido con ella como esos enamorados de poco carácter, más rendidos á una mujer cuanto más lo desprecia y más se burla de ellos.

Hasta cuando hemos peleado con ella no hemos dejado de admirarla, y nuestro odio se personalizaba en los soberanos ó en los ministros, dejando siempre á salvo nuestra invencible simpatía por la nación francesa. Durante la guerra de la Independencia, la más nacional de cuantas sostuvimos contra Francia, el odio popular se fijaba sobre Napoleón y á él sólo se hacía responsable de la injusta guerra.