Hoy tampoco, aunque no haya un Napoleón en quien fijarse, no queremos ni podemos suponer que es toda Francia nuestra enemiga. Preferimos culpar á unos cuantos políticos, á unos cuantos periódicos, á una parte del organismo, irritada todavía por la funesta derrota, impaciente de glorias y desquites, vengan por donde vengan y sea como sea. Involuntariamente fuimos ocasión ó pretexto para el desastre. Quizás no nos lo han perdonado todavía, aunque parece que lo hayan olvidado muy pronto.
Los más terribles desengaños proceden casi siempre del desconocimiento de la realidad. En la supresión de los Consumos debimos limitarnos á considerar su aspecto estético y nada más. Todos los procedimientos para extraer dinero, como para extraer muelas, son desagradables, pero aquél lo era sobremanera, y aunque algunos aristocráticos escritores opinan que sólo habían de padecer sus molestias matuteros y gente de poco más ó menos, sólo el verlo ya era repugnante; había de salir más caro cualquier otro impuesto y podía darse por bien empleado. Pero hay quien no se conforma con este aspecto artístico y aspiraba ¡loca ceguedad! á un abaratamiento rápido y simultáneo de las subsistencias. ¡Qué desconocimiento del corazón humano en general y de los proveedores en particular!
En todo lo referente á subsistencias, los madrileños estaremos destinados de por vida al papel de víctimas en las aplaudidas obras de repertorio La corte de los venenos y Robo y envenenamiento.
Sobre todo, el inocente y parvulillo boquerón ha causado más estragos en estos días que un espantable cetáceo ó aquella mitológica serpiente de mar, tan socorrida como notición de los veranos del antiguo régimen. De la leche no hablemos, porque es antigua enemiga nuestra, y yo creo que la que produce los cólicos es la poca expendida en buenas condiciones, por la falta de costumbre. Cada madrileño llevamos un Mitrídates en esto de irnos haciendo día por día á ingerir toda clase de tósigos.
No sé hasta qué punto la pasión de partido podrá influir en los encomios ó en las censuras á la obra Carlos II y su corte, cuyo primer tomo acaba de publicar D. Gabriel Maura y Gamazo. Muy lamentable sería que la pasión interviniera al juzgarla, ocultando al público el verdadero mérito de la obra, haciendo creer á unos y á otros que se trataba de una obra toda conservadora. El autor es de los que merecen no pertenecer á ningún partido. En pocos libros de historia parecerá menos el amigo de Platón antes que de la verdad, sin que peque tampoco de esa glacial indiferencia que tan mal sienta en todo arte, aunque este arte sea el de historiar, más cercano á la ciencia.
Bien dice, sobre la noble serenidad del historiador, la simpática emoción del artista. Buena muestra es la descripción del bautizo del príncipe Carlos, modelo de narración histórica y poética al mismo tiempo.
Lo que no comprendemos es, cómo después de leer cualquier libro de historia, hay quien suspira y vuelve los ojos á cualquier tiempo pasado. A ese no le daría mayor castigo que decirle: ¿En qué siglo, en qué época de las pasadas hubiera usted querido vivir? Y cuando hubiera elegido, poderle decir: ¿Sí? Pues va usted á vivir ocho días en ella, nada más que ocho días, y luego, vuelva usted á contarme cómo le ha ido.