Persona respetable y bien enterada me asegura que los restos de D. Manuel Bretón de los Herreros, sepultados en el antiguo cementerio de San Nicolás, caerán en la fosa común en breve plazo si nadie se presenta á pagar los gastos de traslación. Creo que bastará con la noticia, sin lamentaciones ni comentarios, para que la Sociedad de Autores, ó la de Escritores y Artistas, ó el Ateneo, ó la Academia Española, ó todos juntos, ó el primer buen español que tenga unas pesetas sobrantes, se apresuren á evitar esa... pequeña vergüenza. ¡Ojalá pudieran evitarse á tan poca costa otras mayores! La persecución de mujeres por esas calles, sin ir más lejos. Cualquier medida que tomen las autoridades para ello, la más arbitraria, la más draconiana, será bien recibida. Hasta la de obligar á esos hombres valientes, insultadores de mujeres, á vestir las faldas-pantalones que tanto les indignan. Si entre las mujeres hubiera verdadera solidaridad, ellas son las que debieran correr por esas calles á esos varones sin otra apariencia de ello que el traje masculino. Aunque, bien mirado, hay para compadecerlos. ¿Qué mujeres tendrá ó habrá tenido en su casa el que no sabe que toda mujer es tan respetable en la calle para todo hombre como si fuera mujer de su propia familia? Pero, es claro, hay caballero que se echa á la calle, harto de haber insultado con mil groserías á las de casa. ¿Qué no hará con las extrañas? El hombre, como el caracol, lleva siempre su casa á cuestas. El que insulta á una mujer en la calle, es que le sobraron insultos de los que acostumbra á dirigir á su señora. O que devuelve los que su señora le ha dirigido, y no se atrevió á contestar, y ¡el pobre hombre no ha de quedarse con ellos!


Las modernas indagaciones de la crítica artística llevan la alegría por barrios. Cuando un Museo ó un coleccionista están más ufanos con un Velázquez ó con un Rafael ó con un Greco, sale un señor crítico de Arte aguándoles la fiesta con decirles que, lo que se creyó original, es copia, ó alegrándoles el duelo con la afirmación contraria. Nadie sabe ya lo que tiene. Es para creer en todos los cuadros viejos y para no creer en ninguno.

El Museo del Louvre se ufanaba de poseer la verdadera Gioconda; nosotros mirábamos despectivamente la de nuestro Museo del Prado. Se volvieron las tornas; durante unos cuantos años la verdadera Gioconda será la nuestra. Aunque bien pudieran serlo las dos, y aun no serlo ninguna. Esta Monna Lisa, tan traída y llevada con el enigma de su sonrisa, quiere, por lo visto, ser enigmática en todo. Leonardo de Vinci era artista minucioso hasta el resobado, y es lo más probable que las dos Giocondas fueran, en su intención, estudios y apuntes para una tercera, que acaso parezca el día menos pensado. Mucha importancia concedía Leonardo al fondo de sus figuras, y hasta procuraba infundirle algún simbolismo apropiado. Por esta consideración más parece la Gioconda definitiva la del Louvre. Pero también pudo ser que, para mayor enigma, le pareciera mejor fondo el fondo indeterminado de la Gioconda de Madrid. ¡El demonio de la señora! Nada, que se ha propuesto dar que hablar por los siglos de los siglos. Bien dijo su pintor y presunto enamorado: «Bella forma mortal passa é non d'arte». Ya sé yo cómo resolvería este pleito uno de nuestros chulos castizos; diciendo de una vez. «¡Vaya una tía Gioconda!» Sólo que, al pronunciarlo mal, estaría en lo cierto.


II

La comedia novelada de D. Eugenio Sellés, Icara, con satisfacer plenamente en la lectura, deja, no obstante, en nuestro espíritu el sinsabor que deja una vida truncada que nos pareció encaminarse á muy otro destino. No quiere esto decir que la serenidad del libro convenga menos, para una obra de serio y noble arte, que el bullicio de los teatros. Obras hay, en forma dramática, que nada ganarían al afrontar las luces de la batería: muchas de Byron; los admirables poemas de Browning; algunas comedias, quizás las mejores, de Musset. Pero Icara, no; se advierte, desde luego, que nació para el teatro, y todo en ella pide la expresión vigorosa que sólo en la representación escénica puede lograr la verdadera obra dramática. Icara se malogra en el libro. Y cuando público, crítica y empresarios se lamentan de que faltan autores y obras en consecuencia, ¿qué razones hay, que la razón no alcanza, para que Icara no haya sido representada? Descontemos la razón de méritos: tiene la obra muy sobrados, literarios y teatrales. Interesante asunto, de una importancia social que se sobrepone á lo que pudiera parecer de efímera actualidad. En cuanto á los papeles, razón suprema muchas veces para la admisión de una obra, nada dejan que desear al lucimiento de los actores. ¿Atrevimientos? Es el autor de Icara bien probado señor de la pluma, para temer groserías de pensamientos y de lenguaje en obra suya. ¿Por qué, entonces, Icara no ha sido representada? No ha muchos días nos ofreció una espléndida empresa minuciosa estadística de las obras representadas por su compañía; todo ello para blasonar, á más de un trabajo constante, de una amplitud de criterio que sería laudable si estuviéramos seguros de que era sincera. Lo cierto es que, sin contar las que han dejado de escribirse, en la seguridad de que no hubieran sido admitidas por ninguna empresa, acaso las mejores obras dramáticas de estos últimos años impresas andan sin haber logrado el favor de ese amplio criterio. Díganlo las tragedias bárbaras de Valle-Inclán Aguila de blasón y Romance de lobos; dígalo Icara; díganlo, del teatro extranjero, las verdaderas obras de arte: unas, traducidas para ser publicadas; otras, no traducidas por no perder el tiempo; mientras las empresas se desviven por traernos cualquier «comedieta» sin importancia ó cualquier dramón, al que se ha concedido demasiada. No es que me parezca mal, y cada uno en su casa es muy dueño de hacer lo que mejor le parezca y más crea que le conviene; pero no se pretenda darnos plaza de tontos, haciéndonos creer, cuando sólo se atiende á los legítimos ingresos de la contaduría, que se piensa, sobre todo, en los altos intereses del Arte.


El batallador obispo de Jaca, él pelea en Madrid y la diócesis á la puerta, se opone, en nombre de la religión cristiana, á la cremación de los cadáveres. No sabemos en qué texto sagrado podrá fundarse. No será, ciertamente, en el bíblico de la destrucción por el fuego ¡ay, Teresita! de las ciudades nefandas Sodoma y Gomorra. Si fuere, por dificultarse con la cremación, el prodigio final de la resurrección de la carne, grave ofensa de la divinidad, nos parece suponer que ha de serle más difícil resucitarnos de unas pavesas que de un montón de huesos. El que nos hizo de la nada, aun de la nada volverá á sacarnos, y, francamente, no valía la pena de molestarse.