No era preciso que el señor obispo de Jaca tronara desde tan alto contra la cremación. Sin consideraciones religiosas de tanto peso, ya basta contra ella la natural y humana repugnancia á desaparecer de modo tan terminante. Queremos aferrarnos á la vida hasta en la muerte; de ahí esa vanidad de monumentos funerarios, los epitafios rimbombantes, las esculturas que perpetúen nuestra forma mortal. Los más descreídos en la imperecedera existencia del alma creen todavía en lo imperecedero de la materia al través de transformaciones; acaso creen que aun han de renacer, con los jugos de la tierra, en la flor, en la mariposa; que su «yo», su soberbio «yo», ha de existir por siempre, aunque algo desperdigado. ¿Cómo es posible que al morir se anule por siempre tanta grandeza? ¡Perderse así nuestras opiniones políticas, nuestros entusiasmos artísticos, nuestras preocupaciones sociales! ¡Saber que nuestro juicio particular sobre los más notables contemporáneos no significará ya nada en la armonía universal! ¡Que habremos oído el vals de los besos de El conde de Luxemburgo para no recordarlo en toda una eternidad! ¿Qué significaría entonces esta vida nuestra? No es cosa de perder, por una medida de higiene y de estética como la cremación, las posibles transformaciones de nuestro cuerpo miserable. No defraudemos á los gusanos. ¡Es tan numerosa la fauna de los sepulcros! Hay libros muy interesantes en que se estudia. Hay gusanos especialistas de cada parte de nuestro apetitoso individuo: unos, para el corazón; otros, para roernos los sesos; otros, los más golosos, tienen á su cargo, como los del romance, «donde más pecado había». Tienen nombres distintos, nombres científicos, sonoros y expresivos. ¡Oh, es muy curioso! ¡Animalitos! ¡Hermanos gusanos!—como diría San Francisco.—La cremación sería una estafa para ellos. Dejemos á la Naturaleza completar su obra; sólo ella es sabia, sólo ella sabe lo que nos conviene. De este modo, las cenizas de Alejandro podrían tapar un barril de cerveza, como razona Hamlet en el cementerio. ¡Pobre príncipe! Aunque al morir sólo desea el silencio, como suprema paz para su espíritu, antes había soñado para sus cenizas la posible utilidad de tapar barriles. Todo, menos desaparecer del todo y para siempre.

He aquí por qué la cremación tiene tan pocos partidarios. Entre una sepultura en la tierra y una pequeña urna en poder de nuestros allegados... La tierra nos ofrece mayor seguridad. La familia puede que perdiera la urna en una mudanza.


III

El señor obispo de Jaca es de incesante actualidad. Los cronistas le deben un homenaje de gratitud. Su último grito es un llamamiento á las plumas ociosas—no confundirlas con las ociosas plumas; de dormir son éstas, y aquéllas de no dormirse.—El señor obispo tiene por lema: «A Dios rogando y con la pluma dando». Si en su mano estuviera proponer alguna inusitada advocación, en todas las iglesias de la cristiandad tendría especial culto Nuestra Señora de la Rotativa. Es de agradecer este singularísimo aprecio á las letras periodísticas. Pero ¡ay! en vez de tocar llamada á las plumas, ¿no fuera más pertinente llamar á los bolsillos? ¿A qué están las plumas? No, no es: «¡El que sepa escribir, que escriba!», lo que hay que gritar. «¡El que pueda pagar, que pague!» Ahí está el toque, el verdadero toque de llamada. Todos nos lamentamos de la indiferencia general, nadie se apasiona por una idea, todas ellas están indefensas: las religiosas, las antirreligiosas, las políticas y las artísticas. Y es que ¡está todo tan mal pagado! La literatura, en general; la periodística, en particular, no halla mejor recompensa que la de ser retirado de ella para ocupar algún puesto oficial. No hay mejor premio para los que valen; de donde resulta que los premiados, son baja por ascenso; los que quedan, baja por inútiles, y los postergados por la soberbia ajena ó la modestia propia, baja por desilusión y desmayo, por falta de esa interior satisfacción tan necesaria en todo militante. Si el periodismo fuera por sí mismo un buen fin, y no un medio para otros fines, nadie cambiaría su puesto de honor en el combate por otros puestos que han de quedar indefensos al faltar los mejores para defenderlos. Entre los que van de pasada, con la ambición más alta, y los que á nada pueden aspirar, ya desesperanzados, las ideas quedan á merced del enemigo, abandonadas como impedimenta. Menos cargos políticos y mejores sueldos. Así habrá menos impaciencias y menos desfallecimientos. ¡El que pueda pagar, que pague! Veremos entonces cómo todo el que sepa escribir, escribe. Procure, procure el señor obispo de Jaca conmover el bolsillo de los fieles, funde un periódico, pague á los periodistas con sueldo de obispo y verá leones defendiendo los obispados. Con 25 ó 30 duros al mes, ¿qué ha de hacer el redactor del periódico más piadoso sino ayudarse y defenderse escribiendo algún entremés para el Salón Madrileño, sin licencia del ordinario? Y ¿qué ha de hacer el redactor del órgano más revolucionario más que escribir los gozos á unas monjitas, si se los encargasen? ¡Felices los que ignoran lo que pueden pesar 25 pesetas sobre nuestras convicciones más íntimas y nunca hicieron traición á una idea por menos de dos ó tres millones!


Las tiples han dado en fugarse. Es el modo más delicado de participarnos su efectuado enlace, que no sería bien anunciar más claramente. Hoy todo se anuncia, hasta las defunciones de la virtud; para las que está más indicado que en ninguna otra el: «Se suplica el coche».

¡Y hay quien cree que en el teatro todo es libertad! Ya ven que no es así, cuando las tiples necesitan fugarse para poder amar libremente. Hay muchas señoritas de buena casa que, para mucho más, no pasan de la escalera. Verdad es que unas piensan en el contrato matrimonial, al que nada favorecen los anuncios previos, y las otras en la contrata artística, á la que favorece cualquier reclamo, aunque sea de codorniz y tan redoblado como el de las «verdecillas» del sainete. Ya se pagará á las tiples por fugas; siempre es una garantía de buenas formas y hasta de algún conocimiento musical, á falta de otros. Con todo esto, los perjudicados son el público y los empresarios; no porque se fuguen, sino porque vuelven.