Algunos escritores de provincias claman contra nosotros los de Madrid porque, según ellos, tenemos establecido un trust de los bombos y nos pasamos la vida en batalla de flores: elogio va, elogio viene; siempre entre los mismos del corro. Y ¿qué se le va á hacer si el corro es tan reducido? Pero ¡lo que son las cosas y qué difícil es contentar á todos! Aquí, aun de los del corro, hay quien se queja si no se le cita á cada paso y se deja pasar sin referencia la comedia, el libro, la crónica ó el artículo. Claro está que sería preferible fuera el público quien nos diera á cada cual lo nuestro y nosotros lo suyo al público; pero con público tan indiferente y distraído, ¿no será obra meritoria la de bombearnos los unos á los otros? Ya procuramos destruir el efecto de las caricias públicas con los arañazos y mordiscos privados. ¡Pues sí que reina la paz entre los príncipes cristianos! Da gusto discurrir por cualquier Círculo literario.—¿Has leído la imbecilidad que publica hoy Fulano?—Nunca leo esas latas.—¿Has leído lo que dice de ti el idiota de Mengano?—Esto cuando se trata de un elogio, para darle todo su valor.

Y se habla mal de todo lo que se lee, y peor de lo que no se lee; y todo es tabarra, todo es lata, ¡tan vaporosos estamos que todo nos pesa! Y nada es original y todo está dicho, ¡tan enterados estamos de todo!

Dejad, dejad que funcione el bombo mutuo; es cuanto queda de agrado y cortesanía en nuestras relaciones literarias. ¿Será mejor que nos destrocemos los unos á los otros y los artículos sólo sirvan para alabanza de los políticos y de los sportsmen, de las marquesas viejas y de los toreros; las críticas de teatros para celebrar las decoraciones y el rumbo de los empresarios y la belleza de las espectadoras, y que todos suban, triunfen y medren sobre nuestras costillas, molidas por nosotros mismos? ¿Para todos hemos de guardar el secreto y entre nosotros no hemos de guardarlo? ¿Vale el público más que nosotros, para que le debamos la verdad? La verdad es para los iguales. El que quiera saberla, que llegue con la inteligencia ó con el corazón. Y si aun hablando bien unos de otros no engañamos al público sobre nuestro mérito, ya que nos crea malos escritores que nos crea siquiera buenas personas.


IV

Todos los años nieva en primavera y todos los años reaparece el invierno por Abril ó por Mayo, con un frío, según frase consagrada, impropio de la estación. Todo esto no tiene nada de particular; lo particular es que, sucediendo lo mismo todos los años, todos los años nos produzca la misma sorpresa, como algo fuera del orden natural.—¿Ha visto usted qué frío se nos ha echado encima? Aquí todo se nos echa encima: la nieve, como la revisión del proceso Ferrer, como el problema de Marruecos. Nada se aprende de un año para otro. En el año próximo volverá á nevar en primavera y volverá á parecemos que la Naturaleza padece graves trastornos y volveremos á sorprendernos del frío impropio de la estación.

En las actuales circunstancias, la nieve ha sido tal vez la más elocuente manifestación de la opinión pública; el verdadero jarro de agua fría sobre el ardor, más ó menos sincero, de tantos acalorados discursos. La temperatura de la calle no ha correspondido con la del salón de sesiones. Verdad es que ¡tan pocas veces está á tono lo que se discute dentro con lo que se opina fuera!