Tenemos la tertulia de los despreocupados, en torno de alguna profesional belleza; como es de rigor, acompañada por una sobresaliente, vestida con los desechos y en todo atenida á lo mismo; pero no es la que menos se divierte. Al pasar por esta tertulia hay que hacerse los desentendidos cuando se va con señoras respetables.

Tenemos la tertulia del prohombre político: un corro muy ancho, con las sillas muy espaciadas; al lado del prohombre una silla de respeto, con el bastón y el sombrero y muchos periódicos. Esta silla sólo la ocupa algún otro prohombre del partido ó algún enemigo político muy caracterizado. El prohombre sólo deja oir su voz grave y sentenciosa, hasta cuando quiere parecer familiarmente trivial, cuando hay repórter nuevo de periódico importante ó persona significada á quien deslumbrar. De otro modo, queda encargado de amenizar la tertulia el bufón del partido. En todos los partidos hay bufones de cámara.—El hacer frases y chistes á costa de los correligionarios ausentes, espiando las que son bien acogidas por una sonrisa del jefe, mal disimulada entre protestas:—¡Oh! ¡Este Fulano es terrible! ¡No diga usted eso! ¡Son cosas de usted! ¡No vaya á creer nadie que yo pienso lo mismo!

En esta tertulia hay siempre un proveedor de cerillas, porque el prohombre, gran fumador, nunca lleva cerillas.

Tenemos la tertulia del torero; muy parecida á la del político, salvo que es más desinteresada. Con su bufón también, que habla mal de los rivales en arte y de los revisteros apasionados por otros diestros, con las mismas sonrisas de agrado y protestas hipócritas del ídolo.

En esta tertulia, como en la del prohombre, hay terribles celos y envidias, que no suele haber entre los amigos de la profesional belleza, con estar allí más justificados. Las preferencias del ídolo se cotizan muy alto. Se recibe con hostilidad á cualquier amigo nuevo. Los desairados desahogan su pena unos con otros.

—¿No le dijo á usted que almorzaría hoy con nosotros?

—Sí; pero llegó ese imbécil...

—Este Manolo es del último que llega...

Los asiduos á esta tertulia, siempre que se encuentran, antes de saludarse, se preguntan:—¿Ha visto usted al «hombre»?—¿Qué sabe usted del «hombre»?—¿Ha visto usted cómo ha quedado el «hombre»?

Les digo á ustedes que estas tertulias de veraneo son un manantial inagotable de amenidades.