Muy de temer es que, á esos graciosos canastillos, última importación con que el Ayuntamiento prosigue la tarea de europeizarnos, no les caiga del todo mal la clásica definición de la escupidera: «Un recipiente alrededor del cual se escupe y se tiran las colillas.»
¿Servirán precisamente los nuevos recipientes para el uso á que parecen destinados? ¿Será el órgano engendrador de la función? ¿O cuando tengamos todo lo necesario para ser limpios, nos seguirá faltando la limpieza, como cuando tengamos todo lo que hace falta para estar educados nos seguirá faltando la educación?
XXIII
Si alguna traducción se impone por su propia virtud, es la de esos tribunales que han de juzgar á los niños precoces delincuentes; institución establecida en varios países de Europa; en París, desde algunos años, y ahora extensiva á toda Francia.
Discútase por criminalistas y sociólogos si la Justicia ha de tener cara de perro ó rostro más benigno, cuando de juzgar á los hombres se trate. Pero, tratándose de niños, ¿no podrá sustituir la severa balanza por un pesa-bebés, blando como una cuna, y la imponente espada, cuando menos por aquella caña tradicional en los antiguos maestros de escuela?
Yo no sé si hay niños rematadamente malos; pero sé que, en niños y en hombres, nada hace tan malos á los malos como el saberse tenidos por incapaces de toda bondad. Repetid á un niño continuamente:—¡Qué malo es! ¡Es muy malo!,—y lo será en efecto. Aunque lo sea, dejadle alguna ilusión sobre su bondad. Cuando queráis conseguir algo de él y estéis seguros de su desobediencia, no vea que la dais por segura; al contrario, decidle:—Sí lo hará, porque él es muy bueno.—Para gobernar pueblos, como para educar niños, hay que hacerles ver que son gobernables y educables, aunque no se crea.