Yo creo que si el pueblo español es de tan difícil gobernar ha sido de tanto decirle que lo era.
Es humana tendencia la de sobresalir, la de afirmar nuestra personalidad destacada. Hay quien, no pudiendo distinguirse de otro modo, se contenta con presumir de sus achaques:—Como las jaquecas que tengo yo no las tiene nadie.
Entre las señoras, no digamos; la que ha conseguido tener el parto más laborioso se considera dichosa cuando lo echa á competir entre las amigas.
Por esto, la sociedad y los Tribunales de Justicia, que la representan, ni al juzgar á un criminal, á un delincuente nato é incorregible, deben darse por entendidos de que se hallan en presencia de algún monstruo. Esto envanece al criminal, y hay que procurar que los criminales sean modestos. Hay que persuadirles de que no son tan malos como ellos se creen. Es el sistema de los confesores sabios y prudentes con los más empedernidos pecadores, y así consiguen conversiones notables.
En los niños, vanidosillos de suyo, nadie sabe lo que puede importar esta estudiada indiferencia ante sus precoces delitos.
En Francia, con muy buen acuerdo, se ha evitado toda publicidad en las vistas y sentencias de estos tribunales para niños. Y aquí, si llegaran á establecerse, habría que suplicar á la insaciable información, en sus dos aspectos, literario y fotográfico, un discreto silencio.
¿Será ilusión, ó falta de memoria? Tengo entendido que algo se ha legislado en España sobre tribunales para niños. Si así no fuera ó algo faltara para llegar á la perfección en su funcionamiento, nada más urgente.
Habiendo de tener estos tribunales mucho de patronato, debieran constituirse por distritos y, aparte el juez especial designado, formarse por jurados cuidadosamente elegidos. Entre ellos figurará siempre un médico, un maestro, y, como ha indicado muy bien un distinguido escritor, nunca mejor ocasión para que la mujer entrara en funciones judiciales. Un voto de mujer no puede faltar al juzgar la culpa de un niño. Un voto que sería una lágrima y un beso.
Un periódico inglés—Daily Mirror—propone lo que bien pudiera llamarse vacaciones matrimoniales. Esto es, que, en los matrimonios, debe veranear el marido de una parte y la mujer de otra, sin dejar de escribirse durante la ausencia largas cartas de amor. Sería—añade Daily Mirror—el mejor medio de mantener y reanimar la llama de un sentimiento siempre expuesto á extinguirse by the friction of every day life. Una tregua anual es muy conveniente, y escribiéndose cartas que recordaran las adorables cartas de novios, los esposos encontrarían, al reunirse de nuevo, una frescura de emociones que despertaría en ellos al boy y á la girl adormecidos por el matrimonio.