Bien merecen una especial recompensa los reservistas y licenciados temporalmente que se han presentado espontáneamente en sus respectivos Cuerpos, anticipándose á la orden de incorporarse á ellos.

Merecedores son también del mayor encomio los aristócratas veraneantes, los próceres ilustres, políticos y financieros, lo más saneado de nuestras clases conservadoras, que se han apresurado á dejar las comodidades y el descanso de sus residencias veraniegas para mostrar á la Monarquía y al Gobierno su lealtad acrisolada. Imponente fué la manifestación de todos ellos realizada en Madrid, pareciendo en los sitios de mayor peligro, ofreciéndose con sus servidores y empleados á defender y sostener el orden. No podían hacer menos por la Monarquía los que tanto hicieron por la Religión en los días del Congreso Eucarístico. Sólo los impedidos y achacosos se han limitado á enviar sus adhesiones por escrito. Y, aun á éstos, habría que oirles en la terraza del Casino de Biarritz y en otros puntos del extranjero abominar de los viles afrancesados, que se aprovechan de los momentos difíciles para perturbar el orden y traer graves complicaciones sobre España.

Admirable ha sido su conducta, y razón es que, después de tan significativo acto de presencia, vuelvan á reanudar sus vacaciones, interrumpidas hasta que llegue el invierno y, con él, ocasiones en que lucir más tranquilamente Toisones, bandas y cruces, que tan bien saben ostentarse en los momentos de peligro como en las ceremonias pacíficas.

La Monarquía y los Gobiernos deben tener muy en cuenta la actitud de estas clases privilegiadas, que aun no han hallado por aquí su Lloyd George como en Inglaterra.


Y nada más. De todo ello el Gobierno del Sr. Canalejas ha salido incólume, cuando sus mejores enemigos y sus peores amigos esperaban que saldría muy quebrantado. Algo que importa más ha salido también incólume: la vitalidad de esta España nuestra, más resistente con su apariencia de debilidad que muchos organismos de robustez engañosa.

Y á este nuestro Madrid bien puede perdonársele su femenina debilidad por algún torero, en gracia de su masculina serenidad ante un espectáculo en que la mayor prueba de cordura era permanecer impasibles como espectadores; único medio de que no se hicieran locuras en el redondel, que, por fortuna, en esta ocasión ha sido todo olivo, considerado como símbolo de la Paz, para los bien intencionados. En su sentido taurino; para los que gritando ¡al toro, al toro!, no se contentan con quedarse entre barreras, sino que se suben al palco de la presidencia apenas suenan los clarines y, de paso que se ponen en seguro, le piden algún favorcillo al presidente, mientras los incautos lidiadores, jaleados por estos capitanes Araña, se juegan la vida en el ruedo.


XXVIII