Gran revuelo en París. Cuestión de faldas: faldas de bailarina. Osados reformadores tratan de suprimir en el cuerpo de baile de la Gran Opera, el «tutú» ó sea la tradicional faldilla de las bailarinas. Dicen que es inverosímil—¡miren ustedes dónde demonios van á buscar la verosimilitud!—que en un baile de campesinos, ó de griegos, ó de romanos, se presenten las danzarinas con ese traje, sin época y sin estilo, que es sólo de bailarina, por unos de esos convencionalismos teatrales que, si bien se mira, ¡ay!, son todo el teatro. Hay quien, dejando á un lado la propiedad escénica, que nada importa cuando se trata de admirar bellezas femeninas, protesta contra el «tutú», en nombre de la Estética. Dicen que el «tutú» destruye la armonía de líneas. ¡Picarones!

En seguida han levantado partido, de una parte, los tradicionalistas; de otra, los innovadores. Entre las mismas interesadas, las hay que están por las faldillas; las hay que están por las líneas. Las madres, corporación respetabilísima en el cuerpo de baile, inmortalizadas por Halevy en su Madame Cardinal, con su experiencia de madres, están por la falda: saben cuánto importa reservar alguna sorpresa para los momentos definitivos. La juventud, con sus impaciencias á la moderna, está por la línea. Saben que, como en Geometría la línea recta, en Amor la curva es la distancia más corta entre el escenario y el hotelito de sus sueños.

Hay también un partido intermedio: el partido templado de un transigente eclecticismo. Adóptese la innovación para las óperas y bailes modernos, y respétese la tradición para los del antiguo régimen. Hay tal vez abonados viejos, «fetichistas» de amor, para quien el «tutú» es toda la bailarina. Sería una crueldad privarles de la prenda sugestiva y evocadora.

Hay también un partido revolucionario y avanzado que, no sólo pide la supresión de los tules y gasas, sino la supresión de las mallas, que, si no destruyen, ocultan las líneas. Dicen que siendo el baile exhibición de la belleza corporal femenina, ritmo plástico de formas y actitudes, tapar las formas de una bailarina es como tapar la boca á un cantante. Estos señores quieren que les canten á toda voz, y que les bailen... aquí no puede decirse á todo trapo; al contrario: ¡fuera trapitos!

Para comprender lo que esta cuestión interesa en París, es preciso saber lo que significa el cuerpo de baile de la Gran Opera, que es toda una institución nacional. Wágner tuvo que sucumbir ante su tiranía, amenizando Tannhauser con un bailecito, pues de otro modo no se hubiera representado nunca. Verdi, en todo el esplendor de su gloria, tuvo que intercalar también unas danzas en su Otelo cuando fué representado en la Gran Opera. Hasta el Don Juan, de Mozart, se ameniza con un añadido bailable, para el cual se aplica uno de los minués del mismo divino maestro, y la marcha turca, que cae en el Don Juan como el calañé en la cabeza de Dulcinea—véase la ópera de Massenet Don Quichote, cuya representación en Madrid demandan algunos cervantófilos.—Buena obra para inaugurar el nuevo teatro de Cervantes, para que al «Inri» no le falte letra... ni música.


Ahora que se agita la idea—en España se agitan mucho las ideas, por eso llegan las pobres tan cansadas cuando hay que ponerlas en práctica—de fomentar el turismo por los medios más adecuados, no sería malo convocar una Asamblea de veraneantes ó abrir una información pública para que expusieran sus observaciones, sus agrados y sus quejas. De este modo, podría trazarse algo así como un mapa hospitalario de España, que podría ser muy útil para los turistas.

¡Hay que oir á muchos de los que regresan! Claro es que muchas veces el espectáculo está en el espectador y el viaje en el viajero. Los que buscan pueblecillos ignorados y tranquilos para su descanso, vuelven encantados. ¡Qué amabilidad y dulzura en el trato de los campesinos! ¡Qué sencillez! ¡Qué arte para adulterar los alimentos y encarecer los precios, para que el veraneante no eche de menos las comodidades de Madrid! ¡Qué modo de amenizar la vida al forastero! Eso sí; el paisaje y el aire sano del campo compensan de todo. Salvo que el paisaje está todo acotado, para consuelo de los que no quieren terrenos baldíos, y no hay por dónde pasear ni por dónde asomarse al campo; salvo que el aire huele á paja quemada ó á carroña de animales muertos que se pudren al aire libre; salvo que los niños, que fueron de Madrid tan sanos, atrapan la tos ferina ó el sarampión, ó unas calenturas, gracias á la higiene de esos admirables lugares, reino eterno de Herodes.

¡Oh, el campo, los pueblecitos! ¡Qué bien se vive en ellos con una casa á estilo de Madrid, con criados de Madrid, haciéndose llevar los alimentos de Madrid, con periódicos de Madrid, amigos de Madrid y mucha agua de Colonia... de cualquier parte!

Los más exaltados africanistas debieran emprender frecuentes exploraciones por muchos de estos lugares. Tal vez á la vuelta se hubiera enturbiado su fervor de civilizadores y conquistadores de tierras extrañas. ¡Pues no hay poco que civilizar y que conquistar sin salir de casa! Y no vale decir que para eso siempre hay tiempo, y para eso los tenemos cerca. Precisamente porque están cerca es posible que, si no los conquistamos pronto, nos conquisten ellos. Y que, á los bárbaros de fuera, se les ve venir; pero los de casa, no han avisado y ya están encima. Todo será que el hambre apriete un día demasiado. Así como así, con los remedios que proponen algunos economistas, dignos de los mejores tiempos de la Edad Media... Proteccionismo y cierre de puertas. Es el mejor remedio. Bien decía D. Juan Valera que la Humanidad estaba empezando á vivir.