—Ella no tiene posición para eso—como decía una aristócrata, censurando á una burguesa que se permitía tener amantes.
El que tiene posición puede permitírselo todo en este mundo. Pero el que no la tiene ¿cómo llega á tenerla? ¿Cómo van á llegar los pequeños á grandes, si los grandes tienen monopolizados todos los medios de engrandecerse?: el atraco, el despojo, la estafa; los medios más usuales entre naciones decentes y civilizadas.
Peligroso, peligrosísimo juego, que no aconsejaríamos á ningún Gobierno, es el de ilusionar y desilusionar de un día á otro.
Contra su certero instinto de gato escaldado, el pueblo español está como quien quiere creer, si no cree; en las mejores disposiciones para terminar en creyente. No pide milagros, pero... ¡si se los cuentan! Casi, casi, se dará por contento con volver de la aventura, como el gitano tuerto, por lo menos con el ojo que le quedaba sano. No pretendamos ponerle vendas en los ojos, que la verdadera fe no se falsifica con nada; y no hagamos que, por querer infundírsela con milagrerías, acabe por no creer ni en los milagreros ni en los verdaderos apóstoles. Hasta ahora sólo cree en los mártires.
La Biblioteca Nacional era una institución intangible é inviolable. Un distinguido escritor se lamentaba días pasados de que nadie sostuviera una campaña contra esa plaza fuerte. Sólo algunos artículos en broma y algunas quejas tenues.
Las bromas no sientan mal, y, por desgracia, es más fácil llamar la atención sobre un asunto echándolo á broma que tomándolo en serio. Las quejas... ¡Caramba! ¡Cualquiera se atreve á insistir! Apenas se atreve uno á protestar contra una deficiencia, un descuido, salen como energúmenos unos cuantos señores, clamando que todo ello es ganas de molestar, que la Biblioteca es una perfección y no hay nada que mejorar ni que corregir en ella ni en sus servicios. ¡Admirable institución que ha llegado á ese punto en que ya nada puede mejorarse!
Cuidado que en esas quejas nada iba contra el respetable Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios; al contrario; más se procuraba que se les aliviara en trabajo y se les aumentara el sueldo. Pero nada, ni aun así agradecen las quejas.
En cuanto á los señores de la casa, los eruditos y bibliófilos del santo y seña, esos ya es sabido que son como los devotos beatones: parroquianos fieles de una iglesia, les molesta cualquier extraño que venga á turbarles en sus oraciones. Dicen que para cuatro golfos que van á la Biblioteca á destrozar los libros... Yo tengo la seguridad de que peligra más un libro en manos de un bibliófilo, rata de biblioteca, que en manos de un golfo. La verdad, no veo á un golfo arrancando hojas de un libro, para ahorrarse el trabajo de copiarlas ó para evitar que otro las copie. Además, cuanto mayor sea el número de golfos que acuda á la Biblioteca, menor será el peligro de que manchen ó estropeen los libros. Cuantos más sean los que pueden verse unos á otros, más cuidado tendrán de que alguno pudiera delatarlos en su vandálica tarea. Sabido es que en París estaba más seguro el Museo del Louvre cuando, por ser gratuita la entrada, acudían numerosos golfos, que cuando, por costar dinero, apenas si acudían más que los extranjeros y provincianos. En los tiempos de la entrada libre y popular no hubo ningún robo. Acaso hubiera sido imposible el de La Gioconda con el sistema de la puerta franca. Del mismo modo, facilitando la asistencia de numeroso público á las bibliotecas, serán más difíciles esos actos de destrucción y de mala crianza. El público es el mejor vigilante del público. Y aunque se destrocen algunos volúmenes... Todos hemos aprendido á leer ensuciando y rompiendo libros; si por eso no hubieran vuelto á poner un libro en nuestras manos, ni hubiéramos aprendido á leer... y ¡pobre libro el que hubiera caído después en poder nuestro! Siempre hubiera sido el enemigo odioso.