Está visto que hay que ponerse machacón para que algunas gentes entiendan lo que uno quiere decir. Algo que dije referente á Goya ha indignado á muchos. Muchos también me han expresado su conformidad. Váyase lo uno por lo otro. No seré yo quien estime la calidad de los votos. Para mí todos son respetables. A los indignados debo decir: que soy el primero en admirar á Goya; en lo que no estoy conforme es en que se le considere como genuino producto de la tierra, representación la más pura del casticismo. Que hay retratos de Goya que pudiera firmarlos Reynolds, basta con verlos. ¿Que siempre hay en él un elemento de raza y mucho de personal? ¿Quién lo duda? Como en todo artista, por servil imitador que sea.
Lo que yo quise decir es que eso del casticismo á todo trapo no es una gracia para celebrada; que en todo tiempo los pueblos han influído unos sobre otros, y que no hay gran artista en quien, sobre la raza y la personalidad, no predomine la influencia de una cultura superior á su tiempo y á su nación. Bueno es ser de la tierra; pero no como la patata. Arraigue muy hondo nuestro arte; pero tienda á lo alto, al sol y al cielo, que es de toda la tierra y de todos los hombres.
Por lo demás, claro está que yo no entiendo una palabra de pintura; juzgo por sentimiento nada más. Y decir lo que siento podrá ser osadía, ignorancia, todo lo que se quiera; todo menos «desaprensión», como dice uno de los indignados. Poca aprensión será decir lo contrario de lo que se siente, sobre todo si es por alguna consideración interesada. Y por Goya, pueden ustedes creerme, no tengo antipatía personal ninguna; todo lo contrario, su persona, su vida, sus obras me son igualmente simpáticas. Le admiro hasta cuando pintó la alegoría Salutación al rey José, que esa sí que no me negarán los más admiradores del castizo pintor que está pintada, como sentida, á la francesa.
XXXIV
Nunca he rebatido censuras á mis obras, en lo que á ellas y á mi persona particularmente se ha referido. Más veces he sido tentado de rebatir elogios excesivos. Pero cuando se trata de algo que puede ser de interés general para el público y para otros autores, creo que bien se puede discutir sin acritud y sin soberbia.
De La losa de los sueños se ha dicho que era una obra pesimista. ¿Pesimista? ¿Por qué? Cierto que su desenlace no es de esa alegría toda exterior que suele ser la más apetecida. Pero es de fortaleza y temple espiritual, es de triunfo sobre el instinto, que, por una satisfacción pasajera, nos hace olvidarnos de nuestra responsabilidad y de las consecuencias de nuestra ligereza. ¿Pesimista una obra en que la mujer que pecó por amor y por confianza, tal vez porque no se creyera que su desconfianza era cálculo interesado, acepta las consecuencias de su falta y consagra toda su vida al amor de su hijo? ¿Pesimista una obra en que el hombre que amaba á esa mujer perdona la falta, ofrece al hijo y á la madre nombre y cariño, y si no llega á hacerla su esposa es porque no está seguro de poder librarla de la miseria y del dolor? Si esto no es idealismo, si esto no es optimismo, confieso que he perdido la noción de lo que sean. ¡Ah! ¡Los pesimismos con amarguras! ¡Qué distinto hubiera sido el cuadro y el desenlace de la obra sin falsificar para nada la realidad! Para todas las amarguras y las tristezas de la obra he tenido modelos vivos; sólo para la bondad y la grandeza de alma he tenido que poetizar. He respetado la figura de la madre que no se ensaña en la hija perdida. Un buen amigo me lo decía antes del estreno: «Con la madre no se ha quedado usted corto». Y, en efecto. ¡He conocido algunas en ese caso!...
En cuanto á la tendencia moral de la obra, sólo un periódico, considerado por la voz pública como inspiración de determinada institución religiosa, ha puesto graves reparos á su moralidad. Mi sorpresa ha sido grande, porque he de confesar que, por primera vez en mi vida, atento á los intereses de la empresa, y deseoso de no tropezar con esos reparos, antes del estreno sometí la obra al examen de un docto padre de dicha institución, cuyo nombre no he de revelar, quien no sólo no halló en ella nada contra la Religión y las buenas costumbres, sino que la conceptuó como obra de elevada moralidad y de saludable advertencia y ejemplo. Por lo visto, no reina la mayor uniformidad de pareceres en la religiosa institución de referencia.
Deseoso también de no molestar á nadie, ni con la inmoralidad, mi conciencia estaba tranquila con el visto bueno de tan docto religioso; pero vi el ambiente tristón de la obra é indiqué á la empresa del teatro de Lara la conveniencia de que no se representara en los días de abono aristocrático. Así se dispuso, y sólo á ruego de los mismos abonados se representó ante el abono, sin la menor protesta. Esto indica que el censor estaba en lo cierto. Nadie más enemigo que yo de escandalizar con obras ni con acciones. Nunca defenderé mis obras como obras literarias, pero sí como obras de moralidad intachable. Si en alguna hay algo que, en apariencia, puede parecer pecaminoso, no soy yo quien habla: es algún personaje, de cuya moralidad no soy responsable. Tengo por costumbre dejar expresarse á los personajes de mis obras según su carácter y temperamento. Por desgracia, estos malos personajes son los que hablan más verdad siempre. ¡Sólo Dios y mi conciencia artística saben lo que hay que mentir cuando se quiere moralizar!