La ignorancia de un daño puede ser muy cómoda y muy optimista—aquí del optimismo;—pero nunca es provechosa. Tal vez retarde el remedio y no lo haya cuando nos demos cuenta de la magnitud del mal. Por cartas, por referencias particulares, sabemos que en Méjico se manifiesta de modo ostensible el odio á España y á los españoles. ¡Oh, Congresos hispano-americanos! ¡Oh, amables tópicos de maternidad y fraternidad en discursos y brindis elocuentes! Diariamente aparecen en las calles rótulos insultantes y despectivos: «¡Muerte á los gachupines! ¿Quién quiere carne de gachupín muy barata?» Y otros por este orden y de este elegante aticismo.

Sabemos que para los españoles se ha hecho la vida intolerable. Hasta en las revistas de toros transciende esta animosidad injustificada. Los toreros españoles tienen que atarse muy bien la taleguilla para no verse expuestos á ser insultados. En una corrida tuvieron la desgracia de ser cogidos algunos de ellos, y un periódico proponía nada menos que la expulsión de las plazas y del territorio de los toreros que se dejaban coger por torpes.

No puede creerse que estas y otras manifestaciones menos visibles de hostilidad expresen el general sentir del pueblo mejicano, sobre todo de las personas sensatas y cultas; pero ¡ay! como éstas son la minoría en todas partes, bueno será que no desatienda el Gobierno español y su representación diplomática en Méjico lo que todo esto significa, sus causas y sus remedios. Si fuesen circunstanciales y políticas, no será difícil dar en la causa y atender al remedio. Si fueran más fundamentales deber es de todos estudiar lealmente dónde está la culpa y dónde ha de estar la enmienda.

Son muchos los intereses materiales y morales de España en Méjico para no preocuparnos de este estado de opinión actual, y es de esperar que pasajero.

Cierto que del amor de la América española por España vivimos en plena ilusión. Pero de la ilusión á la simpleza, hay todavía una buena distancia, que conviene salvar con algún conocimiento de la verdad.


XXXV

A tiempo está España de satisfacer una deuda de honor. Nadie, entre los escritores españoles, merece el premio Nobel como D. Benito Pérez Galdós. Pero el premio de este año ya está concedido al belga Maeterlink. Hagan el Gobierno español y cuantos puedan, cuanto esté en su mano para que el premio del año próximo sea para Pérez Galdós. Sea el premio Nobel la coronación del homenaje nacional, que debe anticiparse, porque no estaría bien que confiáramos al extranjero el pago de una deuda nacional. Y sea el homenaje todo lo práctico que pueda ser, sin que dejemos de poner en él toda nuestra alma.