Yo deploro, aunque lo haya agradecido, que un distinguido escritor, á quien ni siquiera conozco personalmente—y hago esta salvedad porque hay gente capaz de creerlo todo,—se haya acordado de mi nombre como candidato al premio Nobel. Tengo conciencia de mi significación para alejar de mí esas pretensiones. No quisiera, por eso, que alguien juzgara mis palabras forzada cortesía. Cuantos me conocen, cuantos me hayan oído, saben cuánta es mi admiración por el que he proclamado siempre como maestro. En sus novelas aprendí á escribir comedias, antes que en modelos extranjeros, por los que se me ha juzgado influído.
Yo he leído las novelas de Galdós antes que las de Julio Verne, antes que las de Dumas, antes que Robinsón y antes que los cuentos de hadas, lecturas obligadas en la niñez y en la mocedad. Mi padre, gran admirador del novelista, puso en mis manos sus libros cuando yo era muy niño. ¡Cómo no ha de ser el primero en mi admiración! ¡Cuántas veces me habré peleado, yo que no me tengo por patriotero, con algunos que lo eran en cosas sin importancia y no podían tolerar que yo estimara á nuestro gran novelista como superior á Dickens, á Balzac, á Daudet y á Zola! ¡Cuántas veces habré sostenido que, con ser nuestro mejor novelista, era también nuestro mejor autor dramático!
De haber nacido en cualquier otro país del mundo, el estudio crítico de sus obras, de los personajes que figuran en ellas, de los lugares que en ellas se describen, completísimo mapa moral de España, formarían una copiosa biblioteca, como los libros dedicados á Shakespeare y á Dickens, en Inglaterra. Habría ediciones á todo lujo de sus obras, y ediciones populares que podría adquirir todo el mundo.
¡Dichosos los pueblos grandes y fuertes que agrandan con su poderío la gloria de sus hijos! ¿Comprendéis la diferencia que hay entre decir: Shakespeare es inglés, á decir: España es la patria de Cervantes?
Y Pérez Galdós no es rico. Y dirán muchos hombres prácticos: ¿Cómo es eso? Sus obras deben haber producido un dineral. Sin duda. Un dineral para mucha gente que no ha necesitado perder su tiempo en escribirlas. Porque el escribir pide mucho tiempo, y el tiempo es dinero, como dicen los ingleses. ¡Ah! ¡El dinero de la literatura! El público empieza á contarlo desde la hora de la celebridad. ¿Y los primeros libros? ¿Y los años en que hay que luchar con la indiferencia del público, el desvío de los editores y la cuquería de los que saben mostrarse generosos, cuando todo se agradece ante la general indiferencia? Dinero que tarde llega, pronto pasa, como suele decirse. Y así es el dinero de la literatura.
Pues bien; es preciso que el dinero, por una vez siquiera, se haga romántico, idealista, expresión palpable de la gloria. Los españoles hemos estado cobrando crecidos intereses, en páginas gloriosas que nos han hecho pensar y sentir hondamente, de una deuda que no hemos pagado. Es empeño de honor nacional satisfacerla.
La empresa del teatro Real, de acuerdo con la naciente Sociedad Wagneriana, ha dispuesto que los miércoles sean dedicados á la representación de óperas de Wágner. Son noches de alivio para la empresa y de luto riguroso para Wágner y para los wagneristas, si continúan como han empezado. Una descolorida interpretación de El oro del Rhin y una lastimosa representación de La Walkyria, han sido, hasta ahora, el homenaje al músico inmortal.
Yo no sé en qué teatro de drama, ó de comedia, ó de opereta, ó de género chico, hubiera tolerado el público tan pacientemente una cosa tan desdichada como la representación de La Walkyria. ¡Y aun dicen que el público de nuestro teatro Real es de los más severos del mundo! No hay Jurado de crimen pasional que sea más benévolo. ¡Qué dioses y qué diosas! ¡Qué walkyrias! Aquello era un tejado por foso. La orquesta, dirigida por ese admirable metrónomo que es el maestro Rabl, tan fría y tan desapasionada como la batuta ordenaba. Los cantantes desafinaban en frío, que es el modo más triste de desafinar; pero la orquesta, ni en frío ni en caliente. No hay cuidado. Las walkyrias cabalgaron al paso; todo lo más, á trote cochinero.