Si ese es todo el homenaje á Wágner y eso es todo lo que la empresa del Real ofrece como obsequio á la Sociedad Wagneriana, habrá que decir, como el corregidor al padre de la bolera que daba satisfacción al público por ciertos ademanes descompuestos de su hija, y al explicarlos, soltó una palabra más inconveniente que los ademanes de la niña: ¡Basta! ¡Que no dé más satisfacciones!
XXXVI
Algunas señoritas estudiantes se quejaron de que sus compañeros masculinos las habían tratado con cierta desconsideración, que no era por ningún modo en menosprecio del sexo, como suele apreciarse en veredictos judiciales, más bien todo lo contrario. Algunos escritores, y en particular una vehemente escritora, afearon, en artículos llenos de indignación, la conducta de los estudiantes. Estos, por su parte, protestaron contra las quejas de sus compañeras, por juzgarlas infundadas, y doblemente contra la indignación de los escritores, que de tanto extremar su agradecido papel de paladines de damas, venían á parar en ponerlas de vuelta y media en la parte más noble y elevada de la feminidad: en la de madres. De suerte que, al arremeter contra el sexo fuerte, era el débil el que venía á pagar de rechazo. Esto me recuerda á un amigo mío que, refiriéndole en cierta ocasión cómo un sujeto había insultado á su propia madre de muy mala manera, exclamaba indignado:—¿Qué me dice usted? ¡Que ha insultado á su madre, ese hijo de!...—Y aquí ponía un calificativo con el que quedaba la pobre señora peor parada que con todo cuanto su hijo hubiera podido decirla.
Yo no sé si, en efecto, algún estudiante se habrá propasado algún día con alguna de sus compañeras; es muy difícil apreciar lo que se entiende por propasarse, concepto puramente subjetivo, como la poesía lírica. Vaya porque alguna expansión masculina haya podido alarmar el pudor femenino. Las horas de estudio no son horas de galanteos, dicen los estudiantes. ¡Ay! Este es el error. En contacto hombres y mujeres, no es posible otra cosa. Este será el eterno obstáculo de la coeducación. O las compañeras estudiantes serán desgraciadillas, y en ese caso, ¿cuánto va á que no agradecen la indiferencia de sus compañeros?; ó si algo valen, no hay remedio, con mejores ó peores formas, han de sentir á su alrededor el resoplido del deseo excitado á su paso.
Habrá quien diga que esto es sólo entre los meridionales; que en los países del Norte esto de la coeducación y de la comunicación frecuente entre los dos sexos se lleva mucho sin riesgo y sin ofensa de nadie. Convengo en ello. En los países del Norte parece otra cosa, porque es de otra manera. La manera es todo.
Me hallaba yo una vez en Tánger y llegó al hotel una lucida compañía de jóvenes ingleses, muchachos y muchachas, amigos todos, que viajaban en sociedad, sin padres ni madres las jóvenes, sólo autorizadas por dos ó tres señoras de compañía. ¡Qué inglés es esto!—me decía yo.—En España no podría hacerse. ¡Cualquiera echaba por esos mundos á sus hijas, acompañadas de tantos muchachos jóvenes y bien parecidos, sin más vigilancia que la de unas ayas aburridas!