En efecto, pronto me convencí de que hombres y mujeres son lo mismo en todos los climas y latitudes. Lo que cambia es la manera, el procedimiento. Los meridionales tenemos la endiablada costumbre de unir la acción á la palabra. Nos gusta que nos expliquen y explicar todo lo que se hace. Así, en el teatro, sale una guapa mujer y no nos contentamos con que se presente, más ó menos vestida, á recitarnos alguna fábula candorosa ó á cantarnos alguna canción delicada y poética, todo lo cual nos permitiría recrearnos en sus encantos físicos con el pretexto de que asistimos á un espectáculo moral y hasta instructivo. Espectáculo de Arte, como dicen por ahí á los cuadros plásticos. Reproducción de cuadros y estatuas de los grandes Museos del mundo. Ya ven ustedes si todo esto se presta á muy agradables vistas, como quien no hace nada de particular.
Pues, no señor; los meridionales no nos contentamos con recrear la vista; es preciso que al exhibirse la señora, vestida ó desnuda, explique su argumento en alguna relación muy expresiva, ó en canciones de doble sentido ó de un solo sentido. Así no es posible engañar á nadie. Los pueblos del Norte ven mucho más que nosotros, pero no oyen nada de particular.
Aquellas inglesitas y aquellos inglesitos del hotel de Tánger, con el pretexto de juegos infantiles de la mayor inocencia, se daban cada sobo por aquellas galerías del hotel y por todos los rincones y divanes, que ¡ríanse ustedes de nosotros, pobres meridionales! Pero allí no se oía nada que tuviera la menor relación con lo que se hacía. Aquí no puede ser; al achuchón precede siempre el comentario, al pellizco sigue el chillido, que no deje lugar á dudas sobre la intención y el lugar.
Allí, hasta los besos ¡y granizaba! parecían la pura inocencia. Aquí, hasta las miradas parecen mordiscos. La manera es todo. ¿Para qué se ha inventado tanto gracioso sport en los países del Norte? Para exhibir pantorrillas y biceps, para correr unos detrás de otros, y tropezar, y caer, y revolcarse por el suelo; pero sin más comentarios que los pertinentes al juego. En cuanto se oyera un suspiro anheloso ó un «¡Sí que está usted bueno!», se deshizo el encanto.
Por estas y otras razones, la coeducación no será nunca posible en los países meridionales. Aquí todo es cantar juego, y el toque está en que el juego vaya por un lado y la canción por otro.
Si las muchachas y los muchachos españoles fueran capaces de retozar con la corrección que aquellos jóvenes ingleses, no habría ningún inconveniente en que viajaran juntos y solos y se coeducaran á todas horas.
Estoy seguro de que ninguna de aquellas lindas inglesitas tendría que lamentar un percance. ¡Oh! Se advertía de sobra que la coeducación no tenía secretos para ellas.