XXXVII

Con motivo del concurso abierto por un empresario de Buenos Aires, para premiar varias zarzuelas en uno ó dos actos, han vuelto á protestar los noveles por haber sido excluídos del concurso. La protesta, en este caso, es muy natural, aunque no puede tener mucha fuerza, por tratarse de una empresa particular que, en uso de su perfecto derecho, convoca al concurso á quien mejor le parece. Otra cosa sería si de un concurso oficial se tratara, ó de teatros subvencionados por algún Gobierno.

Esta cuestión de los noveles será siempre difícil de resolver á gusto de todos. Sucede con los noveles lo mismo que con los liberales. No pueden serlo más que en la oposición. En cuanto pasan á ser gobierno dejan de ser liberales. Es principal deber de un Gobierno el de sostener el orden social; por muchas que sean las libertades concedidas y las reformas implantadas, todavía habrá gentes más avanzadas, más radicales, á quienes todas ellas parezcan insignificantes. Reducida la legalidad á la mínima expresión de fuerza restrictiva, siempre habrá rebeldes y descontentos mal hallados en esa estricta restricción.

Del mismo modo, en cuanto un novel logra estrenar una obra, ya deja de ser considerado como novel por sus mismos compañeros de la víspera, ya empieza á ser combatido como un consagrado. Cuando todos los noveles dignos de ser conocidos llegaran á serlo, siempre quedarán los que se creen tan dignos de serlo como los otros. Siempre habrá descontentos y mal avenidos. Todo ello, sin duda, es necesario para la mejor armonía del mundo, formada, en apariencia, de discordancias, como gran parte de la música moderna. Tal vez todo no sea más que música en el mundo, hasta llegar á la suprema armonía del silencio infinito.

Cuando el espíritu en hora de serenidad ha llegado á penetrarse de ese gran silencio, ladridos y vocinglerías suenan á cánticos celestiales.


No hay duda que, sin los rebeldes, el mundo no hubiera progresado gran cosa. Todo el que ha hecho algo de provecho en el mundo se ha visto precisado á perturbar la tranquilidad de su familia, tal vez la de su patria, tal vez á toda la humanidad.

Los mismos santos perturban la vida familiar á la misma Iglesia en ocasiones. Recuérdese los graves disgustos que San Francisco de Asís ocasionó á su padre. El mismo Jesús tuvo en continuo sobresalto á su amantísima Madre, desde que, muy niño aún, se perdió y fué encontrado en el templo, entre los doctores, hasta el trance doloroso del Calvario.

La rebeldía tiene precedentes gloriosos; no es extraño que se vea con simpatía.

En España han sido muchos los príncipes rebeldes, y todos ellos perduran en la historia con resplandores de leyenda. Hermenegildo, santificado; Sancho el Bravo, el príncipe de Viana, el príncipe D. Carlos, tan esclarecido por historiadores, poetas y autores dramáticos, que entre él y D. Juan de Austria se han llevado toda la claridad del reinado de Felipe II, y para este rey sólo ha quedado la sombra más tenebrosa. Hasta Fernando VII, cuando era príncipe de Asturias, tuvo su hora de poesía como rebelde.