Entre príncipes extranjeros abundan también los poéticos ejemplos, desde la antigüedad hasta nuestros días.
En estos últimos tiempos, feministas por excelencia, las princesas se han llevado la palma en la historia, que no es todavía más que crónica escandalosa, de las rebeldías.
Han sido muchas y muy ilustres las princesas que han lanzado su diadema por encima de los molinos.
Los periodistas republicanos, los caricaturistas, los autores de cancioncillas y de revistas de París, ya se relamían de gusto con la esperanza de haber hallado un tema con que remozar sus inspiraciones.
Por fortuna, pocas veces fué la actualidad tan efímera.
En lo que tiene de actualidad el asunto, los comentarios serían ya irrespetuosos. Contra lo que creen los avanzados en ideas políticas, una mujer no es menos respetable por ser princesa.
Y en nadie son tan disculpables los errores como en los príncipes. Nadie les dice la verdad. Los amigos celebran sus equivocaciones por adulación; los enemigos por conveniencia.
Pero hay un modo seguro de acertar para los príncipes, y quizá para todos: hacer siempre lo contrario de lo que sería nuestro gusto. Al principio molesta, después acaba por agradar, y entonces es ocasión de volver á contrariarnos; porque hasta la virtud, cuando empieza á agradarnos, está en camino de no ser virtud. Es doctrina de nuestros místicos, tan provechosa, por lo menos, como la filosofía de Kant, aunque adorne menos.