En menos de un año han dado cima los hermanos Quintero á su noble y generosa empresa de levantar en Sevilla un monumento á Bécquer.
Yo no sé si esta obra de los aplaudidos autores será también discutida. Todo es de esperar en los tiempos de confraternidad que corren.
Ya sé que algunos escritores de provincias suponen que aquí tenemos establecida una Sociedad de bombos mutuos. No será una, sino varias, y en oposición constante; porque yo no sé que seamos más de tres ó cuatro los escritores que nos profesamos franca y leal amistad, y no somos ciertamente los que más andamos elogiándonos unos á otros.
Pero á tal extremo hemos llegado que, no ya de bombos mutuos, de justa y legítima defensa, habrá que formar Sociedades.
En esta ocasión, no es que nadie haya censurado á los hermanos Quintero. ¡No faltaba otra cosa! Pero hay silencios tan malignos como las censuras. Callar del bien es mil veces peor intencionado que decir del mal.
XXXVIII
Que el concepto de la moralidad varía con las latitudes y los tiempos, ya lo sabíamos. Sobre todo, siempre que por moralidad se entienda algo que no pasa de ser conveniencias sociales, y justamente por lo que tienen de conveniencias, la sociedad ha querido elevarlas á preceptos morales. La verdadera moral está sobre estas conveniencias.
Lo que nos desconcierta un poco es que el concepto de la moralidad varíe de un distrito á otro, sin más imperativo categórico que el criterio de un delegado ó inspector. Y esto es lo que sucede con los salones de variedades y teatros del género chico.