En unos se prohibe lo que en otros se consiente. Aquí se escandaliza la autoridad por todo y más allá no se escandaliza por nada. Los empresarios, los directores y los artistas no saben á qué moral quedarse.
El autor de la parodia de Lirio entre espinas—Chumbo entre jazmines—ha tenido la mala suerte de estrenar su obra en uno de los distritos comprendidos en la zona moral más rigurosa. Su obra ha padecido persecuciones sin cuento y, por fin, ha desaparecido de los carteles.
El autor apela á mi testimonio en defensa de su obra. Como para mí no hay nada más injusto que la justicia desigual, digo y declaro que nada vi ni oí en dicha parodia que justifique ese rigor excepcional.
Pero es posible que yo esté equivocado. En un periódico de los que celebraron siempre cualquier obra en que frailes ó curas salieran malparados, he leído la más enérgica protesta contra la obra. En cambio, un periódico de los más conservadores y respetuosos con la clerecía, se limitaba á celebrar la gracia de la parodia sin la menor protesta. Es para perder los papeles de la moralidad, y no es extraño que los delegados no logren ponerse de acuerdo en punto en que discrepan los filósofos.
Desde ahora habrá una moralidad en el Centro, otra en la Latina, y así en cada distrito y aun en cada calle.
Un empresario dirá á una cupletista:—¡Mucho cuidado con lo que se canta, que aquí no está usted en el Hospicio!—Y otro dirá:—Aquí cante usted lo que quiera, que estamos en la Inclusa.
¿Dónde hallar el definidor que nos unifique el concepto de la moralidad?
Mal ha de ser mientras sean los delegados y no el público los que hayan de definirla.